De Flaubert y de su loro (1)

el-loro-de-flaubert-julian-barnes-compactos-anagrama-12887-MLA20067561185_032014-ONovela en la que se biografía a Gustave Flaubert, o se novela su biografía, El loro de Flaubert, de Julian Barnes (Anagrama, 2013), es un libro que venga a su personaje, que se burla y añade, que es homenaje y da cuenta de otras voces, y de tantas pifias que se han escrito sobre el autor de Madam Bovary, La educación sentimental o La tentación de San Antonio. Con Flaubert, se preguntan autor y narrador si no basta la obra, si lo biográfico existe y en qué dimensión debe tomarse. La vida o escribir, ser escritor o escribir, oso o loro, todas esas falsas dicotomías. Y surge esta novela, de esas que uno quiere, y no, terminar.

De esas novelas que son crónica y son historia, que son diario y cuento, carta y ensayo, como las obras de Vila-Matas, Fresán o Pitol. Y no importa. El género no es lo que debe importar en este como en muchos casos. Como dice Barnes, ¿qué importa un dato no estructurado, mal datado, sin sentido? Lo que importa es el viaje que plasmado en palabras siempre es fantasía.

Para la discusión o para el disfrute, dejo unos fragmentos, que (mea culpa) no pude resistirme a marcar con amarillo en el libro, que al fin y al cabo alguien escribió que los subrayados de alguien en un libro revelan más de su biografía que lo que se empeñan en señalar como propio sólo por ser de su puño y letra.

F: “No soy más que un lagarto literario que se calienta el día entero al gran sol de la belleza. Sólo eso”.

F: “Yo soy como los macarrones con queso, que se ahilan y hieden; para gustar de ellos hay que haberlos probado muchas veces. A la larga te acostumbras, pero antes tienes que haber aguantado que se te suba muchas veces el estómago a la boca”.

F: “Soy como un coco, que guarda su leche encerada bajo varias capas leñosas. Para abrirlo hace falta un hacha, ¿y qué es lo que te encuentras a menudo? Una especie de leche pasada”.

F: “Yo me río de todo, incluso de lo que más amo. No hay cosas, hechos, sentimientos ni personas sobre las que no haya pasado mi bufonería, como un rodillo de hierro pra sacarle lustre a la ropa”.

B: “A mí no me gustan las coincidencias. Las encuentro un tanto espeluznantes: durante un momento te das cuenta de lo que significaría vivir en un mundo ordenado y gobernado por Dios (…) En cuanto a las coincidencias de los libros, me parece un recurso barato y sentimental; desde el punto de vista estético, tienen aspecto de putón verbenero”.

F: “La vida no está en una palabra sino en la historia, como no es posible analizar un bosque mediante un árbol. Siente el viento”.

B: “Mi lectura puede ser inútil desde el punto de vista de la historia de la crítica literaria, pero no es inútil desde el punto de vista del placer. Soy incapaz de demostrar que los lectores profanos disfrutan más los libros que los críticos profesionales, pero sí puedo decir cuál es la ventaja que tenemos en relación a ellos. Nosotros podemos olvidar”.

F: “El artista debe arreglárselas de modo que la posteridad acabe creyendo que jamás existió”.

F: “El autor debe estar en su libro como Dios en su universo, presente en todas partes pero siempre invisible”.

B: “Podemos pasarnos muchos decenios estudiando archivos, pero a menudo sentimos la tentación de alzar los brazos y declarar que la historia no es más que otro género literario: el pasado es una ficción autobiográfica que finge ser un informe parlamentario”.

B: “9. No se permitirá que se escriban novelas que en realidad tratan de otras novelas. Se prohibirán las ‘versiones modernas’, las reelaboraciones, las secuelas y precuelas. Quedarán prohibidos los finales imaginativos de las novelas que su autor dejó sin terminar a su muerte. En lugar de eso, se les proporcionará a todos los escritores un dechado en lanas de colores, para que lo cuelguen en la repisa de su chimenea. Y que dirá lo siguiente: Que cada cual teja su propia labor”.

Morir – Xavier Villaurrutia

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Dama de corazones, 1928

(Dama de corazones, UNAM, 2004)

Ahora, estoy muerto. Descanso. Escucho. En torno mío el silencio es tan puro que un suspiro lo empañaría. Los recuerdos se me ofrecen detenidos, en relieve, con sus colores de entonces. Yo sigo, inmóvil, el juego de vistas estereoscópicas. Cada minuto se detiene y cae para dejar lugar a otro más próximo. No es difícil morir. Yo había muerto ya, algunas veces, en vida. Todo estriba en no hacer un solo movimiento, en no decir una palabra, en fijar los ojos en un punto, cerca, lejos. Sobre todo, en no distraerse en mil cosas. ¿Qué importa la hora que marca la manecilla del reloj? ¿Qué la fecha del calendario? ¿Qué el nombre de la novia de nuestro amigo? ¿Y qué la temperatura que rueda por la calle y  tropieza en nuestras ventanas? ¿Qué importa lo que dice Balzac sobre las corbatas, lo que Rimbaud murmura de los hijos de familia, lo que Cocteau piensa del Narciso inundado de sí mismo? ¿Qué importa la última noticia que consigna el diario, y la hora de salida del tren que no tomaremos nunca, y el nombre de esa obra de teatro que se representa con tan buen éxito? ¿Por qué razón en vida partimos en mil pedazos cada minuto? Así, muerto, lo siento intacto, claro, definitivo… Morir no es otra cosa que convertirse en un ojo perfecto que mira sin emocionarse.

Mafia literaria local – Daniel Espartaco Sánchez

Cuaderno Underdog, Letras Libres

Debo admitirlo, tengo una tendencia a aislarme. Llevo una vida más o menos apacible, por no llamarla aburrida. Me dedico a escribir, a leer y a comerme las uñas. Nadie me invita a fiestas. Estoy consciente de que esto me impide ver más allá de mis narices, y es por eso que algunas veces, cuando me proponen dar un curso en alguna ciudad de la república, acepto sin dudarlo. Es cuando me doy cuenta de la existencia de todo un mundo allá afuera que la mayor parte del tiempo permanece oculto ante mí; un mundo que nada tiene que ver con el acto de la creación literaria, pero que se agita alrededor de esta como la rémora de un cachalote moribundo y al borde de la extinción.

Pero antes hablemos del misterio de la creación literaria, en qué debería de consistir. Básicamente podríamos reducirla a un trozo de papel y un lápiz. Que la misma necesita de un espacio, de un escritorio limpio, de una habitación fresca y bien iluminada, de paz interior y buena música, esto tampoco es un secreto. Todo esto es el derecho de cualquier autor: un refrigerador lleno, buena salud y, ¿por qué no?, a la creación literaria no le vienen mal algunas plantas de interior para purificar el ambiente. Eso es todo lo que se requiere, aunque insisto, basta con el papel y el lápiz… Pero uno no lleva más que unas horas en aquella apacible ciudad de provincia, cuando percibe que algo se agita bajo sus plazas soleadas y las fachadas de cantera al estilo neo clásico. Eso que se agita, querido lector, es el fantasma de la mafia literaria local. O tal vez exagero.

Del atlántico al pacífico, del río Bravo hacia el sur, toda ciudad mexicana tiene su mafia literaria local, compuesta principalmente por uno o dos capos (dos vacas sagradas locales) y un séquito de seguidores, admiradores y aduladores. No me interesa descubrir el hilo negro: esto es una verdad universalmente reconocida. Lo que me sorprende a veces es cómo fingimos no darnos cuenta, cómo vemos a esta mafia local como lo más normal del mundo. ¡Qué hipócritas somos! Y supongo que lo mismo sucede en los demás aspectos de nuestra sociedad. ¿Pero quiénes son estos señores, estos Tony Soprano? Los que se codean con el presidente municipal y el gobernador; los que deciden quién va a publicar en la editorial del gobierno; los que imparten talleres de literatura donde los asistentes duran años sin dar un paso adelante, eternamente estancados; los que deciden sin empacho quiénes irán al festival que organizan con el dinero de los contribuyentes (sus cuates, por supuesto); los que deciden quiénes aparecerán en las antologías (hoy por ti, mañana por mí; antológame que yo te antologaré; dame una plaza, licenciado, que yo respaldaré tu candidatura al municipio; publícame que yo te publicaré; prémiame que yo te premiaré, y un largo y aburrido etcétera). Y esto, que no tiene nada que ver con el acto de la creación literaria, en realidad carece de la mayor importancia, porque este semoviente por más sagrado que sea pocas veces logra trascender más allá de las vías del tren de San Juan de los Palotes. No me preocuparía tanto, y no escribiría sobre esto (hay hartos temas más interesantes) de no ser porque este sistema, esta manera de ver y organizar las cosas finalmente no hace sino estorbar al desarrollo del talento; pervertir a los escritores en ciernes, quienes desde muy pequeños aprenden que la única manera de progresar es besando traseros antes que ponerse a crear una obra literaria en serio. Usted no lo va a creer, pero en mi pueblo, San Juan de los Palotes, en la carrera de Letras Hispánicas hay dos asignaturas tituladas Literatura sanjuanpalotense I y Literatura sanjuanpalotense II (líbreme Dios de estar en ese programa), mismas que además ¡son obligatorias! para titularse. Ahí se les enseña a los jóvenes estudiantes todo un compendio de obras locales como si fueran clásicos de la lengua. Y por clásico me refiero a una obra tan ejemplar que es digna de imitarse. Por supuesto, quienes decidieron quién iba estar en el programa fueron los de la mafia local.

Pero un escritor joven que comienza de manera titubeante debe saber que es posible progresar sin tener que pasar por el aro de fuego de la mafia literaria; debe saber que es posible aprender a escribir sin necesidad de los sabios consejos del rebaño sagrado: basta con trabajar mucho, con leer a Balzac y a Dostoyevski, con los consejos de autores como Carver, Chéjov, Hemingway, que se consiguen gratis en internet, con tener un diccionario y una gramática a la mano; que todo lo que necesita saber está en The Art of Fiction de John Gardner (hay traducción mexicana: El arte de escribir novela y otros tipos de ficción. Editorial Publigrafics, S.A. México, 1987); pero más importante que todo, debe saber que, en mi opinión, para ser escritor o artista, o en su defecto poeta, hay algo que no se enseña en un taller de literatura, y eso es la ética, la dignidad, la sensibilidad social, el compromiso con el arte y el oficio, con lo humano, con la honestidad. Honestidad ante todo. No puede haber un escritor de talento sin esto. Hay que quedarse en casa y ponerse a escribir y a corregir más en vez de andar en presentaciones de libros y talleres para recoger las migajas que deja Tony Soprano. La literatura mexicana será mejor, y más democrática, en la medida en que dejemos atrás estos vicios. Selah.