Sobre el prescriptivismo: Steven Pinker

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«Yo soy, entre otras cosas, un lingüista descriptivo: un miembro con carnet de la Sociedad Lingüística de América que ha escrito numerosos artículos y libros sobre cómo la gente usa su lengua materna, incluyendo palabras y construcciones que son mal vistas por los puristas. Pero el libro que tienes en tus manos es declaradamente prescriptivista: consta de algunos cientos de páginas en las que te estaré llevando en esa dirección. Aunque estoy fascinado por la exuberancia lingüística de la vox populi, yo sería el primero en argumentar que tener reglas prescriptivas es deseable, de hecho indispensable, en muchos ámbitos de la escritura. Pueden lubricar la comprensión, reducir los malentendidos, proporcionar una plataforma estable para el desarrollo del estilo y la gracia, y ser la señal de que un escritor ha tenido cuidado en la elaboración de un pasaje. Una vez que entiendes que las normas prescriptivas son las convenciones de una forma especializada del lenguaje, la mayoría de las controversias “iptivistas” se evaporan.»

En Steven Pinker: ‘Many of the alleged rules of writing are actually superstitions’

Nacer – E.M. Cioran

“Tres de la mañana. Percibo este segundo, después este otro; hago el balance de cada minuto. ¿A qué viene todo esto? A que he nacido. De cierto tipo de vigilias viene la inculpación del nacimiento”.

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“Sé que mi nacimiento es una casualidad, un accidente risible, y, no obstante, apenas me descuido me comporta como si se tratara de un acontecimiento capital, indispensable para la marcha y el equilibrio del mundo”.

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“No me perdono el haber nacido. Es como si, al insinuarme en este mundo, hubiese profanado un misterio, traicionado algún compromiso de magnitud, cometido una falta de gravedad sin nombre. Pero a veces soy menos tajante: nacer me parece una calamidad que, de no haberla conocido, me tendría inconsolable”.

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“Es imposible sentir que hubo un tiempo en que uno no existía. De ahí ese apego al personaje que se era antes de nacer”.

Calibre 44

Parece que fue ayer. Nací a las cinco de la tarde en un lugar muy cerca de la cárcel; aunque no quería, me obligaron con una cesárea, la primera de cuatro (a mi madre, podría aclararse aunque no fuera necesario). No me llevaron el libro que pedí pero me dieron una pistola y me pusieron en un cuarto lleno de otros niños que no dejaban de llorar. A veces sueño con su llanto.

Escribo y al menos las cursivas suelen ser mías. Aún no me le agarro la movida a este verbo tan irregular que es existir (menos a coexistir aunque se conjueguen igual) y ya llegamos al calibre 44, el cual según wikipedia “en lugar de alcanzar una velocidad de salida de 250 metros por segundo, alcanza los 450 metros por segundo” y “fue diseñado para la caza mayor con pistola de animales de la envergadura del reno o el oso […] No es un calibre adecuado para la defensa personal para la mayoría de personas, porque su gran potencia provoca un gran retroceso [‘patada’], lo que hace que sea difícil de manejar para casi cualquiera. Además, existen calibres más modestos pero que cumplen bien con la tarea de derribar un blanco humano, sin tener que ser inmanejables”.

Difícil de manejar, más rápido y con más patadas. Y no sé cuántas balas quedan en la recámara… A ver qué pasa.

Cuando quiero pensar no pienso y a veces pienso sin querer. Más a lo largo del día aquí y en Crimentales