Maquiavelo

El príncipe, capitulo IX, Del principado civil

El principado pueden implantarlo tanto el pueblo como los nobles, según que la ocasión se presente a uno o a otros. Los nobles, cuando comprueban que no pueden resistir al pueblo, concentran toda la autoridad en uno de ellos y lo hacen príncipe, para poder, a su sombra, dar rienda sucita a sus apetitos. El pueblo, cuando a su vez comprueba que no puede hacer frente a los grandes, cede su autoridad a uno y lo hace príncipe para que lo defienda. Pero el que llega al principado con la ayuda de los nobles se mantiene con más dificultad que el que ha llegado mediante el apoyo del pueblo, porque los que lo rodean se consideran sus iguales, y en tal caso se le hace difícil mandarlos y manejarlos como quisiera. Mientras que el que llega por el favor popular es única autoridad, y no tiene en derredor a nadie o casi nadie que no esté dispuesto a obedecer. Por otra parte, no puede honradamente satisfacer a los grandes sin lesionar a los demás; pero, en cambio, puede satisfacer al pueblo, porque la la finalidad del pueblo es más honesta que la de los grandes, queriendo éstos oprimir, y aquél no ser oprimido.

Agréguese a esto que un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman; a los nobles, como se trata de pocos, le será fácil. Lo peor que un principe puede esperar de un pueblo que no lo ame es el ser abandonado por él; de los nobles, si los tiene por enemigos, no sólo debe temer que lo abandonen, sino que se rebelen contra él; pues, más astutos y clarividentes, siempre están a tiempo para ponerse en salvo, a la vez que no dejan nunca de congratularse con el que esperan resultará vencedor. Por último, es una necesidad para el principe vivir siempre con el mismo pueblo, pero no con los mismos nobles, supuesto que puede crear nuevos o deshacerse de los que tenía, y quitarles o concederles autoridad a capricho.

Para aclarar mejor esta parte en lo que se refiere a los grandes, digo que se deben considerar en dos aspectos principales: o proceden de tal rnanera que se unen por completo a su suerte, o no. A aquellos que se unen y no son rapaces, se les debe honrar y amar; a aquellos que no se unen, se les tiene que considerar de dos maneras: si hacen esto por pusilanimidad y defecto natural del ánimo, entonces tú debes servirte en especial de aquellos que son de buen criterio, porque en la prosperidad te honrarán y en la adversidad no son de temer, pero cuando no se unen sino por cálculo y por ambición, es señal de que piensan más en sí mismos que en ti, y de ellos se debe cuidar el príncipe y temerles como si se tratase de enemigos declarados, porque esperarán la adversidad para contribuir a su ruina.

El que llegue a príncipe mediante el favor del pueblo debe esforzarse en conservar su afecto, cosa fácil, pues el pueblo sólo pide no ser oprimido. Pero el que se convierta en príncipe por el favor do los nobles y contra el puebio procederá bien si se empeña ante todo en conquistarlo, lo que sólo le será fácil si lo toma bajo su protección. Y dado que los hombres se sienten más agradecidos cuando reciben bien de quien sólo esperaban mal, se somete el pueblo más a su bienhechor que si lo hubiese conducido al principado por su voluntad. El príncipe puede ganarse a su pueblo de muchas maneras, que no mencionaré porque es imposible dar reglas fijas sobre algo que varía tanto según las circunstancias. Insistiré tan sólo en que un príncipe necesita contar con la amistad del pueblo, pues de lo contrario no tiene remedio en la adversidad.

Fábula (electoral): Las ranas pidiendo rey – Samaniego

lf145Sin Rey vivía, libre, independiente,
El pueblo de las Ranas felizmente.
La amable libertad sola reinaba
En la inmensa laguna que habitaba;
Mas las Ranas al fin un Rey quisieron,
A Júpiter excelso lo pidieron;
Conoce el dios la súplica importuna,
Y arroja un Rey de palo a la laguna:
Debió de ser sin duda buen pedazo,
Pues dio su majestad tan gran porrazo,
Que el ruido atemoriza al reino todo;
Cada cual se zambulle en agua o lodo,
Y quedan en silencio tan profundo
Cual si no hubiese ranas en el mundo.
Una de ellas asoma la cabeza,
Y viendo a la real pieza,
Publica que el monarca es un zoquete.
Congrégase la turba, y por juguete
Lo desprecian, lo ensucian con el cieno,
Y piden otro Rey, que aquél no es bueno.
El padre de los dioses, irritado,
Envía a un culebrón, que a diente airado
Muerde, traga, castiga,
Y a la mísera grey al punto obliga
A recurrir al dios humildemente.
«Padeced, les responde, eternamente;
Que así castigo a aquel que no examina
Si su solicitud será su ruina.»

Sólo palabras

Letras, signos. Nada más que palabras, pero nada menos que palabras: Profesor no viene de profesar pero comparten la raíz, de ahí florecen. Pro es hacia delante, hacia el futuro; admitir (en público) es la segunda parte. Así, profeta y profesor (y profesora, of course) se hermanan.
Pocos son los profesores que profesan (entregarse, abrazar algo). La mayoría somos novicios.
Unos cuantos llegan a madres. Quizá porque profesar implica una sílaba que suena a fe aunque más bien viene de fessus: confesar (admitir en privado). Así, profesor, profeta: a veces salomónico, a veces bautista, voz en el desierto. Incluso hay días en que san Juan evangelista.
Y lo magistral es un buen grupo y un buen maestro que buscan compartir.
Hay quien dice que maestro y magisterio designan a quien está parado (stare) más alto (magis), pero hay quienes oponen magister (más, el que más sabe de algo) a minister (menos). Curioso es que los primeros maestros en escuelas públicas allá en Roma eran llamados litterator (y sí, como en letrado, literatura, de nuevo la letra) y los esclavos que apoyaban la labor docente en casa eran los paedagogusPedagogía (ciencia de la enseñanza) viene de niño (paidos), lo mismo que pedante (quien engreído habla a los demás como si fueran niños.

Sigamos. Creo que se puede cambiar el futuro. Ciertos futuros, al menos.

 

Madrecitas narrativas

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Hoy están llenas las bibliotecas de fantasmas nonatos, los mundos posibles de los hijos no narados: los de Aldonza y Alonso, los de Julieta y Romeo, los de Dolores y Humberto.
El bebé de la Duquesa, desde un rincón de Macondo, gruñe.
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Ay, ay, ay ay ay, mis hijos. Ay, ay, ay ay ay, gemía…
Ya no le llores.

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Cuentan que si les dices de maldiciones a los fantasmas, se van, especialmente si se las mientas. Y es que al pensar en su mamá se entristecen y se van a buscarla.

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Curioso: no recuerdo haber soñado nunca a mi mamá.

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Aqui-lees

Iliada_Conrad_Roure

Canta, oh diosa, la lectura de Aquiles; lectura funesta de insomnios y extravíos en los que se embebía mientras trancurría la contienda. Leía sobre un regreso a casa, una bruja, unos cantos en lenguas extrañas y una espera épica. Sabía que los sueños provienen de Zeus, pero también que la lectura los provoca, hiere de lejos como Apolo.

Debería dormir, piensa el pelida, Patroclo regresará.

Pero decide: sólo un capítulo más.