melancolía

Entre la arena encontré algunas colas de sirena, que mudan de piel cada otoño. No las vi. Dicen que llegan a la playa a escamarnos con su canto mientras se desescaman. Cantan aunque nadie las oiga. Así yo. Enrojecida, mi espalda se despelleja, pero sólo es la cáscara, ojalá así de fácil me pudiera vaciar. Trato de no pensar, de ahogarme, pero en el fondo nada cambia. Es la conciencia de que como dijo Borges, ya no se puede ser feliz, aunque hay tantas otras cosas. Así me quedo, no se preocupen: así estoy “bien”.

Hoy sólo comparto el poema de Jaime García Máiques:

Mi casa me desprecia. Me insultan los amigos.
Trabajo sin descanso. Escribo necedades.
Me rechazan los libros los tardos editores.
Humillan a mi Dios. Lo crucifican.
Persiguen a su Iglesia como lobos hambrientos.
Mi existencia es estéril. Nada tiene sentido.
Oh, vida, cómo dueles. Oh, tiempo inexpugnable.
Oh, amor insoportable como el fuego.

Mis instrumentos de trabajo son el asombro y los días.
¡Oh, mundo cruel, qué suerte haber nacido!

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