Cuento de hadas

La vida es lo que pasa creando cisuras y circunvoluciones en la masa encefálica. Es esa noche  en la que el zapato —¿Y qué si traducimos cristal por piel?, bendita imaginación errática— ni ella lo pierde, ni él lo encuentra, sino que se transforma en mil y una noches. Y si accidente, que bello y que terrible.

La vida es ese lapso posterior al avistamiento del conejo blanco disfrazado con una caperuza roja. Por eso el lobo aulló y lo siguió, en busca de la ferocidad perdida, y por eso va cayendo las últimas horas del último día del año. Alrededor, numerosos objetos, recuerdos que pasan lo rodean sin que los pueda alcanzar. Lo atraviesan, lo malean, hacen filigranas en sus elevaciones tortuosas. A alguna parte ha de llegar.

La vida es lo que llega cuando no te quedas en medio. Unos ven un vaso medio vacío, otros un vaso medio lleno y algún creador verá un vaso mediocre.

Érase que se era, la realidad. Bébeme, dirá el tequila. Cómeme, dirán las uvas. Si no despìerta, si gira hacia los extremos, si sigue corriendo —para secarse— en ese corredor bordeado de cercas electrificadas, si no se encuentra con la Minotaura Roja. ¡Que lo dejen ciego!, diría. Y Nadie la obedecería.

La cosa es no quedarse parado. Creer en algún cuento, así sea interrumpido, porque solo así se vive feliz para siempre. El lobo se deja hechizar: muerde una palabra y qué sueños tan grandes tiene.

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