Lodo, de Guillermo Fadanelli

lodoLa de Benito Torrentera, profesor de filosofía, es una vida “tan anodina como una cáscara de plátano”. 49, la edad en que la vida cobra en una sola noche la deuda de “dignidad física”, en que a las mujeres se les tiene ya “miedo, en lugar de odio. Eso es”. Hasta que conoce a Flor Eduarda, una empleada de minisúper de 21 años, que lo hace su cómplice al hacerlo imaginar “espectaculares escenas de sadismo, pero también pedantísimos cuadros bucólicos”.

Cuatro meses después escribe la historia. “Hoy Eduarda ya no está conmigo”. Muchos puntos en común con Lolita, de Vladimir Nabokov. La escritura desde la cárcel, el narrador que busca en la escritura un acto de contrición, la mujer joven casi niña, una muerte y un viaje. En ambas novelas, un tono de justificación, asumido desde un inicio como culto y desengañado de todo: “Si mi escritura está impregnada de un tono pedante, si mi verborrea se vanagloria de ser reflexiva, no es culpa mía sino de mi trabajo”. La escritura como un desquite que intenta presentarse como un relato objetivo: “No haré uso de mi privilegio de escritor para ensañarme con Eduarda. Estor intentando ser honrado…”

Artemio y Copelia Bolaños acompañan a Benito y Eduarda —Abelardo y Eloísa mexicanos— en su huída. Entre música de Silvestre Revueltas, surgen Severino (un mudo), Esteban (hermano de Benito, político encumbrado) y otros interesados en alguna de las partes de la pareja. Surgen la historia de la filosofía, el lugar donde se impartió la primera cátedra filosófica de América, libros antiguos, comida, bebida, un auto y una herencia.

“Las discusiones no tienen sentido, ni en la filosofía ni en el supermercado”, escribe Benito Torrentera, pero justifica su obsesión mientras recuerda detalles y fechas precisas de su viaje por carretera. Una sola alusión directa a Lolita: “Este acoso podría recordar algunos pasajes de Lolita. No hay que ser ingenuos: lleven a pasear a la más bella de sus hijas en minifalda a un pueblo michoacano y nueve de cada diez veces sucederá algo parecido. Uno debe leer menos y vivir un poco más”.

Las calles de la ciudad de México y los caminos de Michoacán, con todo y sus peligros, se cruzan con el ensayo y las preocupaciones de Fadanelli, o las de Torrentera. La novela y el ensayo, lo bucólico y lo urbano, los recuerdos de alumnos y maestros, de ricos y jodidos. “Jamás se sabe dónde caerá el polen de la inteligencia. Las patas de la abeja pueden fecundar la cabeza más extravagante”.

Amor y dominio, conocimiento y poder, comprensión de la vida desde las aulas o de las aulas desde la vida, caras de la moneda que avienta Fadanelli. La apuesta está en la mesa.

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