La ternura caníbal, de Enrique Serna

La_ternura_can_balDiez relatos, diez cuentos donde Enrique Serna continúa (como en El orgasmógrafo y en Amores de segunda mano) con su visión irónica de la sensualidad, de los miedos cotidianos, de la búsqueda de poder o satisfacción de personajes reconocibles, cercanos. Cada cuento es un viaje, o parte de él, como debe ser. Por placer, por fuga o el viaje definitivo, pero los relatos implican un movimiento físico o íntimo, una liberación de la cotidianidad y desembocan en finales a veces sorpresivos. Como todo.

Abunda la primera persona, que se duele, se burla, se recrimina o se asusta de sus decisiones. Todos los protagonistas (o casi) son maduros o viejos, todos ponen en duda lo vivido, sus cambios físicos y mentales, sobre todo sentimentales; se preguntan por lo que vendrá, acompañados o en soledad. Humor negro, como el que casi siempre tiene el destino, disfrazado de Coincidencita Roja. Pobre lobo. Suele haber un tercero en discordia, como en tantas situaciones, en lecturas, como pocas, y decisiones sobre qué es lo más importante, el bienestar propio o el de la pareja, el íntimo o el social.

Adiós a las armas, la vejez como fin de la sexualidad, de la virilidad o la belleza, se retrata en “Entierro maya”, donde son protagonistas un militar retirado recién infartado y su joven esposa, y en “Cine Cosmos”, donde un homosexual que se asume como loca “de las de antes” emerge como heroína, también de las de antes, para salvar a su amado.

En “Drama de honor”, el marido, infiel confeso, propone una relación swinger para salvar su matrimonio, a pesar de la resistencia de su mujer. En “Material de lectura” es un viaje en crucero por el Amazonas la supuesta cura para la rutina familiar, donde el extravío de El código Da Vinci cambia todo. En “Los reyes desnudos” un músico y una artista plástica buscan el éxito, sin oír y sin ver, mientras tratan de tener un hijo.

“Soledad coronada” y “La vanagloria” dejan de lado la sensualidad y se centran en las capillas académica y literaria, tan parecidas, de las que Serna ya había hecho mofa en su inigualable novela El miedo a los animales. Si no sexual, el ansia de pertenencia, la búsqueda de poder guían a los personajes. En el primero es un bibliotecario en una universidad extranjera, y en el segundo un poeta que busca el aval de Octavio Paz. Aquí, en la búsqueda íntima, recelosa, entra también el relato “El manco Rodríguez”, que trata de un español exiliado que trabaja como boletero en un cine, entre desahogos con sus compatriotas y una resignación amistosa por México.

Hay cuentos que por su uso de la última confesión, del desahogo antes de la (posible o real) muerte, recuerdan a “La extremaunción”. Son “El converso”, donde una rueda de la fortuna y el llanto de una niña a medianoche en un pueblo michoacano (narcos, infierno grande y santa muerte incluídos) dan pie a que el lascivo cura se arrepienta de no haber dado los santos óleos a la canonizable beata del lugar, y “La incondicional”, en el que es la esposa la que, en la cama del enfermo, científico para más señas, confiesa y se confiesa, con la libertad de quien se sabe salvador.

Decir o callar. “Dichoso el que se ríe de sí mismo porque nunca le faltará motivo de diversión”, dijo alguien. Sea, porque en este valle de lágrimas todo deviene en bestiario, en sátiros y sátiras. A fin de cuentas todos somos y no fingidores, según el cristal. Y los personajes de Serna fingen bien.

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