de libros, obsequios y caminos (sobre un texto de José Ovejero)

Además de la manía por comprar libros, tengo la suerte de que me muchos me los regalan, autores amigos y admirados, otros que no conozco pero que llegan a serlo (amigos o admirados). Me encanta ir a encuentros y congresos, quisiera tener más tiempo y dinero para asistir a más. Voy a las ferias del libro y me siento como niño en juguetería (a veces voy a vender: se aplica bien aquello de ir por lana y salir trasquilado). Leer es un vicio sin castigo pero hay que hacerlo bien. José Ovejero escribe que suelen regalarle libros en sus viajes, así, sin pedirlos.

“Es muy frecuente que escritores que se inician en este duro mundo de la literatura te entreguen su libro, también otros que no han conseguido la difusión que consideran que merecen, los que publican en editoriales que poca gente conoce, incluso en sus propios países. Es siempre una situación incómoda, porque lo es decir “no, gracias” y lo es también aceptar un libro que probablemente no vas a leer; porque en la maleta ya no te cabe nada más, o porque el tiempo es aún más limitado que el espacio en tu maleta; también porque hay decenas de libros que quisieras leer y no lo consigues, y no quieres verte obligado a pasar tu tiempo con libros de los que no sabes nada y a los que solo accedes por la mera casualidad de cruzarte con su autor. Además, la mayoría de los libros son mediocres, también los publicados en grandes editoriales, no malos, sino sencillamente lugares en los que no necesitarías haberte detenido. No tienes ganas de leer todo lo que cae en tus manos, quieres seleccionar, decidir tú mismo…”

“Pero también sabes que tú estuviste ahí como escritor, es decir, en ningún sitio, en esa nada del autor al que nadie conoce, con un nombre que nadie recuerda, y has visto cómo las miradas de escritores que “han llegado lejos” resbala sobre ti sin percibirte, como si fueses una grieta o un accidente insignificante que no les obliga a fijarse en tu presencia. Y por eso no sabes si te da más reparo llevarte ese libro que te ofrecen para luego, en general, no leerlo –porque no, no hay tiempo para todo-, y quizá dejarlo algo avergonzado en el hotel, o decir “lo siento, pero no puedo llevármelo”. Un libro encierra trabajo, frustraciones, fantasías, el deseo de ocupar un lugar, de significar algo, y probablemente es más correcto rechazarlo que olvidarlo a propósito o cargar con él como un peso muerto. Pero a veces no consigues esa fortaleza de rechazarlo, no te atreves a frustrar así a quien lo ha escrito”.

Ovejero confiesa que le horroriza “la mayoría de los libros de poesía que me regalan”, pues “no hay nada más fácil que escribir un libro de poesía, mucho más que escribir uno de cuentos o una novela –por supuesto, escribir un buen libro de poesía es tan difícil como escribir una buena novela-. Esta vez lo acepto, incómodo, una vez más en esa situación en la que no quisiera estar. Lo dejo encima de la mesa. Lo imagino olvidado en el hotel cuando me vaya, y también, quizá para tranquilizar mi conciencia, que lo recoge la misma mujer de la limpieza que, hace poco, escuchaba un concierto para piano, creo que de Schubert, mientras hacía la habitación. E imagino que lee el primer poema y sonríe”.

Casi siempre he tenido suerte. De autores conocidos y no, de editoriales comerciales e independientes, llegan muchas sorpresas como debe ser, por azar o por destino.

Leer es estar vivo, dicen y dicen bien, en la FILPM.

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Texto de Ovejero completo en “Libros rechazados”, El País.

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