Te quiero más que a la sal… (fragmentos)

Fragmentos de la conferencia “Te quiero más que a la sal. La literatura y sus condimentos, recetario mínimo“, que tuve el honor de compartir en el Cbtis 186, de Salinas, San Luis Potosí, el pasado 7 de octubre, durante las actividades de su XXX aniversario.

conferencia en SalinasCuentan que hubo una vez una princesa que cuando su padre, un rey medio egoista, le preguntó cuánto lo quería, le respondió que más que a la sal. Otras de sus hijas le habían dicho que lo querían más que a las riquezas, o que a sus vestidos. El rey la corrió del palacio sin darle oportunidad de explicarse. La reina, su esposa, para darle una cachetada con guante blanco, le dio algunas veces comida con mucha sal y otras sin nada, insípida, sin chiste. El rey reculó.

Al buscar un tema ideal para platicar con jóvenes de Salinas, dentro de tantos que hay en la literatura, recordé esta vieja historia donde se resalta que hay cosas (momentos, gestos, detalles) a las que por pequeñas o comunes no les prestamos la atención debida, pero resaltan el sabor y hacen que nuestros sentidos, en este caso el del gusto, disfruten más.

Así, con mucho gusto y esperando darle sabor al caldo, los invito a que platiquemos de literatura, de esos mundos creados con palabras. Todo lo que conocemos, la realidad, dicen algunos escritores, está hecho de palabras, palabras que significan algo y es en los libros donde podemos encontrar todos los mundos que se han construído desde hace mucho, desde hace miles de años. […]

En el Cbtis 186 de SalinasSi decimos sal podemos pensar en comida, pero también en el mar, en desiertos. Hay historias donde el castigo por desobedecer es transformarse en sal. Una de estas historias está en la Biblia, donde Lot y su esposa son salvados por Dios de la destrucción de Sodoma y Gomorra, ciudades llenas de pecado, por ser ellos puros. Pero Dios les pone una condición, deben irse sin voltear, sin ver las llamas de sus casas y sus calles. La esposa de Lot no resiste la tentación y se convierte en una estatua de sal.

[…] De la sal se extrae el sodio, indispensable para la vida. Somos agua, pero también sal. Sangre, sudor y lágrimas son salados. Ustedes son la sal de la tierra, dijo Jesucristo en su sermón. Y debemos acordarnos que para el azúcar existen sustitutos, pero para la sal, no.

Disfrutar una lectura es fácil, cualquiera puede hacerlo, pero no cualquiera tiene el sentido del gusto literario muy desarrollado como para decidir que un cuento o un poema están muy salados o muy insípidos. No es lo mismo leer a los clásicos que los bestsellers, y no es lo mismo leer una novela vaquera que una de misterio, donde tenemos que resolver un asesinato o decubrir algo junto con los protagonistas.

Y todos leemos o comemos a veces sin saber mucho de gastronomía o de literatura, a veces por antojo y otras veces porque nos dicen que es bueno para nuestra salud. Hay comida muy sabrosa pero que no es nutritiva, hay comida que nos engorda y otra, cocina gourmett, le llaman, que combina olores y sabores para que, uno por uno o todos juntos, produzcan sensaciones. La cocina gourmett es muy cara, y no siempre tenemos a la mano comida saludable, en la tiendita de la esquina casi siempre se consiguen botanas, grasosas, picantes. Así pasa en la literatura, no siempre los mejores libros son los que se consiguen en las librerías o los que más se venden. Una historia puede ser muy picante, un poema muy cursi y un personaje muy imponente, pero la buena literatura, con todas sus posibilidades, va más allá de eso.

Comparar la lectura con la alimentación no es una ocurrencia mía. Ya los antiguos romanos decían en buen latín Mens sana in corpore sano, mente sana en cuerpo sano. Y Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las Maravillas, decía que “deberíamos de preocuparnos por suministrar a la mente su propio tipo de alimento”. Y cito: “Desde muy pronto aprendemos qué debemos y qué no debemos hacer con el cuerpo, y no nos resulta apenas difícil rechazar una porción del tentador pudín o pastel que está asociado en nuestra memoria a una terrorífica indigestión y cuyo solo irresistible nombre nos evoca al ruibarbo y la magnesia. Sin embargo, nos lleva mucho tiempo convencernos de lo indigestos que son algunos de nuestros pasajes literarios favoritos; una vez tras otra preparamos comidas con novelas poco saludables, sabiendo perfectamente que nos traerán el consabido bajo estado anímico, desgana para el trabajo, hastío existencial, y, en resumen, una pesadilla mental”.

Incluso Stephen King, el novelista de terror más famoso (ustedes deben recordar al menos las películas Eso o El resplandor), ha mostrado que no se toma muy en serio y alguna vez dijo en una entrevista que él para la literatura de Estados Unidos sus novelas son como una hamburguesa con papas. O sea quizá no muy nutritivas, no lo mejor, pero sí sabrosas y disfrutables.

[…] Todos tenemos autores favoritos y un restorán donde guisan muy rico. Siempre hay alguien en la casa que tiene muy buen sazón y alguien que aunque quiera se le quema hasta el agua. Hay que escribir y que leer más. No se puede ser cocinero sin echar a perder unos platillos. Y dice el dicho popular que a la mejor cocinera se le va un tomate entero. Un buen escritor tiene que escribir y corregir, en el papel, antes de que alguien más pruebe su texto y le diga que está muy salado. Hay muchos trucos y muchas recetas, y es de lo que vamos a platicar…

Inauguración de los festejos del XXX aniversario

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