Sabina en San Luis

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Nos sobran los motivos, el concierto lo demostró. 25 de octubre, 9 p.m. Viernes, para más señas. El Domo de San Luis Potosí fue uno de los escenarios que cumplieron la expectativa de Joaquín Sabina en su gira por México: pisar lugares donde no hubiera estado, buscar otros públicos. Y lo taurino del lugar le encantó. Hubiera podido dar la vuelta al ruedo.

“Huastecas y potosinos”, dedicó, y luego rimó “feliz” con “una dicha cantar en San Luis”. Más tarde cantaría que “a San Luis el azar, otra vez, el verano siguiente…”

Que se muera el olvido. Sabina despegó su carrera en la década de 1980, al menos para una generación en México que lo conoció con otros exponentes de lo que se dio en llamar “rock en tu idioma”. Llueve sobre mojado, nos recordó. “Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción”. Sus duetos con Miguel Ríos, Charly García o Fito Paez, los más recientes con Joan Manuel Serrat o Andrés Calamaro, plantan en el lienzo rockero a este andaluz que se hizo famoso por su dueto con Rocío Durcal. (Bueno, Caifanes despegó con La negra Tomasa… triste me pongo, ay.)

Niños y viejos con bombín y gabardina, parejas, padres e hijos, acaso nietos. Por acá, un joven todo el concierto lo transmite en directo a alguien al otro lado de su celular. Yo sin saldo. A aquellos iniciales fans les han seguido otras generaciones, acaso más decantadas hacia lo romántico o hacia lo mercenario (tan parecidos), hacia ese desencanto y esa incompatibilidad de caracteres, que se identifican con los lugares y las rutas que por las noches ha recorrido el escritor y músico español: el boulevard de los sueños rotos, la posada del fracaso, el río de los desesperados, desolation row, y las calles de los besos sin amor y la de la melancolía. Siempre nos quedan nuevos viajes, las mentiras piadosas y los amaneceres.

Y todos —al menos los que pudieron pagar el boleto de entrada—, esos “niños con cara de viejo”, chicas Almodóvar, hombres que cada noche tienen un nombre distinto, peces de ciudad cuasinorteña, se dieron cita con ese que una semana antes tuvo que suspender un concierto en Tijuana pero que otra vez pudo con su estilo “levantarle la falda a la luna”. Tras algunas canciones los asistentes seguían llegando (confiados en la clásica impuntualidad potosina), los gritos de las fans eran cada vez más agudos y (sustitutos funcionales de los encendedores de antaño) los celulares, tablets y cámaras seguían en alto. “Caricias casi de verdad” para cubrir “ausencias de un cuerpo en un colchón”.

Música de mariachi, balada, tango, flamenco. Rock. La hora de cantar y de extrañar. Hay quien baila, hay quien ve todo el concierto a través de su dispositivo, hay quien simplemente mueve los pies al ritmo de ese escritor escénico, este histrión al que le da por los sonetos.

El hombre del traje verde y bombín brincó y bailó, con pequeñas pausas en las que sus músicos interpretaron varios de sus temas. Corre, dijo la tortuga, y los asistentes la coreaban, cuando el español le gritaba al que estaba del otro lado del espejo. Pocos escritores son tan reconocidos y sus palabras tan coreadas, tan apropiadas por tantos: “Hola y adios”. (Ah, es como rock, no?, me dijo el taxista camino al concierto.) Olvido y noche, luna y amor, lugares tan comunes como inalcanzables para la mayoría. Por eso “cantar es disparar contra el olvido”.

Dos encores. Mas, lugar común en muchos comentarios sobre el concierto, nos dieron las diez y las once… Fueron más de 120 minutos de concierto, sí, aunque pareció que “duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks”. Más de veinte canciones, aunque siempre faltan. Nunca es suficiente para el que recibe esas letras que hablan bien de física y química. Amor para siempre o de unas horas, fantasmas nocturnos de esos de “hasta mañana, amor”, cuando se abraza la almohada. Así, ¿quién quiere “Pastillas para no soñar” fuera de esa canción final? Canción de circo, himno de tantos. Que no proteste el corazón, que todas las noches sean noches de bodas, que el azar lo traiga de nuevo.

Y sin embargo

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