Retrato

cerebro

Basil Hallward hizo decenas de retratos para tratar de repetir la magia de aquel lienzo donde atrapó la esencia de la belleza. Obsesivo, se entregó a conseguir todos los tonos de la piel amada, de marfil y pétalos de rosa. Hizo que se fundieran los pigmentos del óleo con esencias aromáticas para tratar de igualar el perfume de su objeto del deseo. Ese anhelar que va royendo, que se vuelve entrega sin límite. Miraba sus obras, él era el espejo perfecto. Celoso, los cubrió con telas, uno a uno: había puesto en ellos demasiado de sí mismo. Le era tan difícil hasta decir el nombre de esa persona que amaba, aunque todos lo supieran y todos lo vieran enamorado. Hubiera querido disecarlo, acariciar cada uno de sus órganos, besar esos armónicos labios. Desprendida de la solapa de su amor, el alma de Basil no pudo huir y se quedó, fragmentada, en la galería secreta.

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