El mal de Montano

Es martes y es su cumpleaños. Recuerdo cuando lo conocí, en un café, hace ya varios años. Nos enfrascamos en ideas sobre dobles, sobre escrituras que abandonan a sus autores —hombres sin corazón—, la envidia del sueño o la obra que aparenta ser diario, novela, lo personal y no. Hoy lo releo.

Cuando expongo en clase las clasificaciones de la escritura (literaria, personal, persuasiva, utilitaria) y sus subclasificaciones, me gusta repetir que no son las únicas, y que hay textos en los que se anidan otros, donde la verosimilitud, la poética y la intertextualidad empollan bestias maravillosas gracias al entramado o al narrador, incluso al paratexto:

“Quizá la literatura sea eso: inventar otra vida que bien pudiera ser la nuestra, inventar
un doble. Ricardo Piglia dice que recordar con una memoria extraña es una variante
del doble, pero es también una metáfora perfecta de la experiencia literaria. Termino
de citar a Piglia y constato que vivo rodeado de citas de libros y autores. Soy un
enfermo de literatura. De seguir así, ésta podría acabar tragándome, como un pelele dentro de un remolino, hasta hacer que me pierda en una comarca sin límites. Me asfixia cada día más la literatura, a mis cincuenta años me angustia pensar que mi destino sea acabar convirtiéndome en un diccionario ambulante de citas”.

“Ay, está muy complicado, profe. No le entendí”, replican algunos ante ciertos textos por la no linealidad, por el final inesperado, por la metáfora mágica. Muchos lectores se quedan en la superficie, cuando el buen escritor se ha planteado un iceberg, y leen solo la trama, o asignan sus problemas a los textos, o confunden al autor con el narrador o con algún personaje. A veces para un autor, si es que existe esa clasificación, es un halago esta confusión, y la utilizan, como Enrique o Ricardo, o como Alexander Search o Charles Kinbote. Pero los personajes no tienen la culpa:

“Quienes habitamos en esta página y en otras similares, personajes afiliados a la Iglesia Bibliópata de las las Últimas Páginas, creemos en nuestra realidad y nos deslindamos de cualquier intromisión biográfica del que escribe, pues es una persona normal, acaso imitador de lo ya hecho. Aquí nos toco vivir y hacemos lo que podemos Si nos creen imaginarios, allá ustedes. (Siguen firmas.)”

Creerse el protagonista y demasiada prisa por escuchar (leer) el final, por historias de vampiros, viajes espaciales y romance, dijo Miguel de Cervantes. La facilidad del copia y pega no contribuye a la discusión civilizada con un autor, al enamoramiento del texto.

Lo metalingüístico no está de moda, pero Enrique sabe que la normalidad no es para todos, sabe del placer de escribir y de sus riesgos (la literatosis onettiana), que somos manuscritos y cuando bien nos va podemos recordar ciertos detalles, ciertas palabras, y las transformamos o nos transforman. Y que es agradecible para quienes tenemos el mal de Montano leer nuestra sintomatología en ese vademécum.

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