De La gran extranjera – Michel Foucault

«Hoy también se sabe que el cuerpo, el cuerpo mismo, es como un nudo de lenguaje. Ese profundo oyente que era Freud comprendió a las claras que nuestro cuerpo, mucho más, en el fondo, que nuestra mente, era un hacedor de ocurrencias, una suerte de maestro artesano de metáforas, y que se valía de todos los recursos, todas las riquezas, todas las pobrezas de nuestro lenguaje.

»Brisset desarrolló en cuatro obras un prodigioso delirio etimológico que va del croar de las ranas, nuestros ancestros, a los ecos más perturbadores, más inquietantes, y en cierto sentido también más naturales, de nuestro lenguaje actual. Sacudiendo las palabras como una matraca obstinada, repitiéndolas en todos los sentidos, arrancándoles armonías irrisorias pero también decisivas, da origen, por una especie de dilatación monstruosa, a fábulas donde se resume toda la historia de los hombres y los dioses, como si el mundo, desde su creación, no fuera otra cosa que un gigantesco juego de palabras, un juego de perlas de cristal que obedece a las leyes más gratuitas, pero más irreductibles.

»La literatura no es para un lenguaje la ocasión de transformarse en obra; no es tampoco para una obra la ocasión de fabricarse con lenguaje; la literatura es un tercer punto, diferente del lenguaje y diferente de la obra, un tercer punto que es exterior a su línea recta y que precisamente por eso dibuja un espacio vacío, una blancura esencial donde nace la pregunta «¿Qué es la literatura?», una blancura esencial que es en efecto esta pregunta. Por consiguiente, esta pregunta no se superpone a la literatura, no es el agregado de una conciencia crítica complementaria a la literatura: es su ser mismo, originariamente desmembrado y fracturado.

»Me parece que la literatura, el ser mismo de la literatura, si le preguntáramos qué es, no podría responder más que una cosa: que no hay ser de la literatura. Hay simplemente un simulacro, un simulacro que es todo el ser de la literatura. Y me parece que la obra de Proust nos mostraría muy bien en qué y cómo la literatura es simulacro. En busca del tiempo perdido, como se sabe, es el relato de una progresión que no va de la vida de Proust a la obra de Proust, sino del momento en que su vida —su vida real, mundana, etc.— queda suspendida, interrumpida, cerrada sobre sí y es en la medida en que la vida se repliega sobre sí que la obra podrá inaugurarse y abrir su propio espacio.

»Pero esa vida de Proust, esa vida real, nunca se cuenta en la obra. Y, por otro lado, la obra por la cual él ha dejado su vida en suspenso y decidido interrumpir su vida mundana, tampoco se da nunca, porque lo que Proust cuenta es precisamente cómo va a llegar a ella, a esa obra que debería comenzar en la última línea del libro, pero que, en realidad, nunca se da en su cuerpo propio.»

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