Muchacho en llamas, lo primero que leí de Gustavo Sainz (1940-2015)

Escombro el escritorio para ponerme a escribir. Incluso me baño y me visto especialmente para la ocasión: ropa gruesa, para no sentir frío después de varias horas sentado. No sé dónde acomodar tantos papeles, folletos y diccionarios, así que los amontono equilibradamente a un lado. Mi padre debe estar escribiendo un artículo. Siempre lo oigo tecleando hasta altas horas de la madrugada. Meto una hoja en blanco en el rodillo de la máquina. Es como mirar la nieve del Popocatépetl. Me persigno envuelto por el orden impecable de la biblioteca. Es increíble, pero todavía me persigno de vez en cuando. En el montón de papeles que acabo de acumular, una página mecanografiada por mi padre llama mi atención:
Allá en el Mioplioceno, continuándose hasta el Pleistoceno, es decir, entre hace trece millones y un millón de años, nació y fue creciendo lentamente, a causa de sus erupciones contínuas, el Popocatépetl, “Montaña que humea”, o el Xitliquehuac, “El que arroja cenizas”.

Está formado por material lávico, dacita y riodacita y traquita en su mayor parte. El Pico mayor o Pico Anáhuac se localiza según carta de la Secretaría de la Defensa Nacional 14 Q-h (123), a 19° 1´ 15´´ latitud norte, y a 98° 37´ longitud oeste, y su cima alcanza 5,452 metros sobre el nivel del mar. El labio inferior del cráter registra 5,253 metros. El Pico del Fraile se localiza en el lado sur del volcán y su base está a 5,249 metros. El Ventorrillo alcanza 4,999 metros. El cráter, de forma elíptica, tiene una circunferencia de 22,867 metros, con una profundidad de 380 metros desde el Pico Mayor.

Forma parte de una cadena volcánica que corre de Norte a Sur dividiendo las cuencas de Puebla y México desde Otumba, por el Estado de Hidalgo, hasta Joanatepec, en el de Morelos l. El cono volcánico presenta pendientes de 20, 30 y, en algunas vertientes, hasta de 50 grados.
Parte de un derrame que la erosión en el curso de los siglos ha destruído, está ahora convertido en ese extraordinario roquedal llamado El Ventorrillo, con su Flecha del Aire.

Al fondo de la biblioteca gira un espejo.

De Tatiana, como de María de Magdala, en mi novela futura, los sacerdotes llegarán a extirpar siete demonios: el de la lujuria, el de la envidia, el de la vanagloria, el de la curiosidad, el de la avaricia, el del desprecio, y por último, el demonio más feo de todos, el demonio de la maledicencia…

Me gustaría poder trabajar más tiempo en mi libro, que a la mejor podría llamarse Mi vida entre los humanos. Hablando de lo que me rodea, y de aquello que intuyo o presiento, o de aquello que me atemoriza y no entiendo, y de lo que soy o de lo que me gustaría ser. O de lo que supuestamente fui, o dicen que fui…
Me gustaría poder llegar a conseguir un efecto de liberación psíquica, como para consolidar de algún modo mis precarias, mis casi inexistentes defensas…

Nada más insoportable que un libro con confesiones adolescentes…

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Más aquí, en el blog de Gustavo Sainz.

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