Escribir – María Zambrano

«Hay en el escribir siempre un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja. Y esto, independientemente de que el escritor se preocupe de las palabras y con plena conciencia las elija y coloque en un orden racional, esto es, sabido. Lejos de ello, basta con ser escritor, con escribir por esta íntima necesidad de librarse de las palabras, de vencer en su totalidad la derrota sufrida, para que esta retención de las palabras se verifique. Esta voluntad de retención se encuentra ya al principio, en la raíz del acto mismo de escribir y permanentemente le acompaña. Las palabras van así cayendo, precisas, en un proceso de reconciliación del hombre que las suelta reteniéndolas, de quien las dice en comedida generosidad.

»Escribir viene a ser lo contrario de hablar; se habla por necesidad momentánea inmediata y al hablar nos hacemos prisioneros de lo que hemos pronunciado, mientras que en el escribir se halla liberación y perdurabilidad -sólo se encuentra liberación cuando arribamos a algo permanente-. Salvar a las palabras de su momentaneidad, de su ser transitorio, y conducirlas en nuestra reconciliación hacia lo perdurable es el oficio del que escribe…»

 

Sobre el prescriptivismo: Steven Pinker

the-sense-of-style-1-638

«Yo soy, entre otras cosas, un lingüista descriptivo: un miembro con carnet de la Sociedad Lingüística de América que ha escrito numerosos artículos y libros sobre cómo la gente usa su lengua materna, incluyendo palabras y construcciones que son mal vistas por los puristas. Pero el libro que tienes en tus manos es declaradamente prescriptivista: consta de algunos cientos de páginas en las que te estaré llevando en esa dirección. Aunque estoy fascinado por la exuberancia lingüística de la vox populi, yo sería el primero en argumentar que tener reglas prescriptivas es deseable, de hecho indispensable, en muchos ámbitos de la escritura. Pueden lubricar la comprensión, reducir los malentendidos, proporcionar una plataforma estable para el desarrollo del estilo y la gracia, y ser la señal de que un escritor ha tenido cuidado en la elaboración de un pasaje. Una vez que entiendes que las normas prescriptivas son las convenciones de una forma especializada del lenguaje, la mayoría de las controversias “iptivistas” se evaporan.»

En Steven Pinker: ‘Many of the alleged rules of writing are actually superstitions’

Nacer – E.M. Cioran

“Tres de la mañana. Percibo este segundo, después este otro; hago el balance de cada minuto. ¿A qué viene todo esto? A que he nacido. De cierto tipo de vigilias viene la inculpación del nacimiento”.

*

“Sé que mi nacimiento es una casualidad, un accidente risible, y, no obstante, apenas me descuido me comporta como si se tratara de un acontecimiento capital, indispensable para la marcha y el equilibrio del mundo”.

*

“No me perdono el haber nacido. Es como si, al insinuarme en este mundo, hubiese profanado un misterio, traicionado algún compromiso de magnitud, cometido una falta de gravedad sin nombre. Pero a veces soy menos tajante: nacer me parece una calamidad que, de no haberla conocido, me tendría inconsolable”.

*

“Es imposible sentir que hubo un tiempo en que uno no existía. De ahí ese apego al personaje que se era antes de nacer”.

De Flaubert y de su loro (1)

el-loro-de-flaubert-julian-barnes-compactos-anagrama-12887-MLA20067561185_032014-ONovela en la que se biografía a Gustave Flaubert, o se novela su biografía, El loro de Flaubert, de Julian Barnes (Anagrama, 2013), es un libro que venga a su personaje, que se burla y añade, que es homenaje y da cuenta de otras voces, y de tantas pifias que se han escrito sobre el autor de Madam Bovary, La educación sentimental o La tentación de San Antonio. Con Flaubert, se preguntan autor y narrador si no basta la obra, si lo biográfico existe y en qué dimensión debe tomarse. La vida o escribir, ser escritor o escribir, oso o loro, todas esas falsas dicotomías. Y surge esta novela, de esas que uno quiere, y no, terminar.

De esas novelas que son crónica y son historia, que son diario y cuento, carta y ensayo, como las obras de Vila-Matas, Fresán o Pitol. Y no importa. El género no es lo que debe importar en este como en muchos casos. Como dice Barnes, ¿qué importa un dato no estructurado, mal datado, sin sentido? Lo que importa es el viaje que plasmado en palabras siempre es fantasía.

Para la discusión o para el disfrute, dejo unos fragmentos, que (mea culpa) no pude resistirme a marcar con amarillo en el libro, que al fin y al cabo alguien escribió que los subrayados de alguien en un libro revelan más de su biografía que lo que se empeñan en señalar como propio sólo por ser de su puño y letra.

F: “No soy más que un lagarto literario que se calienta el día entero al gran sol de la belleza. Sólo eso”.

F: “Yo soy como los macarrones con queso, que se ahilan y hieden; para gustar de ellos hay que haberlos probado muchas veces. A la larga te acostumbras, pero antes tienes que haber aguantado que se te suba muchas veces el estómago a la boca”.

F: “Soy como un coco, que guarda su leche encerrada bajo varias capas leñosas. Para abrirlo hace falta un hacha, ¿y qué es lo que te encuentras a menudo? Una especie de leche pasada”.

F: “Yo me río de todo, incluso de lo que más amo. No hay cosas, hechos, sentimientos ni personas sobre las que no haya pasado mi bufonería, como un rodillo de hierro para sacarle lustre a la ropa”.

B: “A mí no me gustan las coincidencias. Las encuentro un tanto espeluznantes: durante un momento te das cuenta de lo que significaría vivir en un mundo ordenado y gobernado por Dios (…) En cuanto a las coincidencias de los libros, me parece un recurso barato y sentimental; desde el punto de vista estético, tienen aspecto de putón verbenero”.

F: “La vida no está en una palabra sino en la historia, como no es posible analizar un bosque mediante un árbol. Siente el viento”.

B: “Mi lectura puede ser inútil desde el punto de vista de la historia de la crítica literaria, pero no es inútil desde el punto de vista del placer. Soy incapaz de demostrar que los lectores profanos disfrutan más los libros que los críticos profesionales, pero sí puedo decir cuál es la ventaja que tenemos en relación a ellos. Nosotros podemos olvidar”.

F: “El artista debe arreglárselas de modo que la posteridad acabe creyendo que jamás existió”.

F: “El autor debe estar en su libro como Dios en su universo, presente en todas partes pero siempre invisible”.

B: “Podemos pasarnos muchos decenios estudiando archivos, pero a menudo sentimos la tentación de alzar los brazos y declarar que la historia no es más que otro género literario: el pasado es una ficción autobiográfica que finge ser un informe parlamentario”.

B: “9. No se permitirá que se escriban novelas que en realidad tratan de otras novelas. Se prohibirán las ‘versiones modernas’, las reelaboraciones, las secuelas y precuelas. Quedarán prohibidos los finales imaginativos de las novelas que su autor dejó sin terminar a su muerte. En lugar de eso, se les proporcionará a todos los escritores un dechado en lanas de colores, para que lo cuelguen en la repisa de su chimenea. Y que dirá lo siguiente: Que cada cual teja su propia labor”.

Mafia literaria local – Daniel Espartaco Sánchez

Cuaderno Underdog, Letras Libres

Debo admitirlo, tengo una tendencia a aislarme. Llevo una vida más o menos apacible, por no llamarla aburrida. Me dedico a escribir, a leer y a comerme las uñas. Nadie me invita a fiestas. Estoy consciente de que esto me impide ver más allá de mis narices, y es por eso que algunas veces, cuando me proponen dar un curso en alguna ciudad de la república, acepto sin dudarlo. Es cuando me doy cuenta de la existencia de todo un mundo allá afuera que la mayor parte del tiempo permanece oculto ante mí; un mundo que nada tiene que ver con el acto de la creación literaria, pero que se agita alrededor de esta como la rémora de un cachalote moribundo y al borde de la extinción.

Pero antes hablemos del misterio de la creación literaria, en qué debería de consistir. Básicamente podríamos reducirla a un trozo de papel y un lápiz. Que la misma necesita de un espacio, de un escritorio limpio, de una habitación fresca y bien iluminada, de paz interior y buena música, esto tampoco es un secreto. Todo esto es el derecho de cualquier autor: un refrigerador lleno, buena salud y, ¿por qué no?, a la creación literaria no le vienen mal algunas plantas de interior para purificar el ambiente. Eso es todo lo que se requiere, aunque insisto, basta con el papel y el lápiz… Pero uno no lleva más que unas horas en aquella apacible ciudad de provincia, cuando percibe que algo se agita bajo sus plazas soleadas y las fachadas de cantera al estilo neo clásico. Eso que se agita, querido lector, es el fantasma de la mafia literaria local. O tal vez exagero.

Del atlántico al pacífico, del río Bravo hacia el sur, toda ciudad mexicana tiene su mafia literaria local, compuesta principalmente por uno o dos capos (dos vacas sagradas locales) y un séquito de seguidores, admiradores y aduladores. No me interesa descubrir el hilo negro: esto es una verdad universalmente reconocida. Lo que me sorprende a veces es cómo fingimos no darnos cuenta, cómo vemos a esta mafia local como lo más normal del mundo. ¡Qué hipócritas somos! Y supongo que lo mismo sucede en los demás aspectos de nuestra sociedad. ¿Pero quiénes son estos señores, estos Tony Soprano? Los que se codean con el presidente municipal y el gobernador; los que deciden quién va a publicar en la editorial del gobierno; los que imparten talleres de literatura donde los asistentes duran años sin dar un paso adelante, eternamente estancados; los que deciden sin empacho quiénes irán al festival que organizan con el dinero de los contribuyentes (sus cuates, por supuesto); los que deciden quiénes aparecerán en las antologías (hoy por ti, mañana por mí; antológame que yo te antologaré; dame una plaza, licenciado, que yo respaldaré tu candidatura al municipio; publícame que yo te publicaré; prémiame que yo te premiaré, y un largo y aburrido etcétera). Y esto, que no tiene nada que ver con el acto de la creación literaria, en realidad carece de la mayor importancia, porque este semoviente por más sagrado que sea pocas veces logra trascender más allá de las vías del tren de San Juan de los Palotes. No me preocuparía tanto, y no escribiría sobre esto (hay hartos temas más interesantes) de no ser porque este sistema, esta manera de ver y organizar las cosas finalmente no hace sino estorbar al desarrollo del talento; pervertir a los escritores en ciernes, quienes desde muy pequeños aprenden que la única manera de progresar es besando traseros antes que ponerse a crear una obra literaria en serio. Usted no lo va a creer, pero en mi pueblo, San Juan de los Palotes, en la carrera de Letras Hispánicas hay dos asignaturas tituladas Literatura sanjuanpalotense I y Literatura sanjuanpalotense II (líbreme Dios de estar en ese programa), mismas que además ¡son obligatorias! para titularse. Ahí se les enseña a los jóvenes estudiantes todo un compendio de obras locales como si fueran clásicos de la lengua. Y por clásico me refiero a una obra tan ejemplar que es digna de imitarse. Por supuesto, quienes decidieron quién iba estar en el programa fueron los de la mafia local.

Pero un escritor joven que comienza de manera titubeante debe saber que es posible progresar sin tener que pasar por el aro de fuego de la mafia literaria; debe saber que es posible aprender a escribir sin necesidad de los sabios consejos del rebaño sagrado: basta con trabajar mucho, con leer a Balzac y a Dostoyevski, con los consejos de autores como Carver, Chéjov, Hemingway, que se consiguen gratis en internet, con tener un diccionario y una gramática a la mano; que todo lo que necesita saber está en The Art of Fiction de John Gardner (hay traducción mexicana: El arte de escribir novela y otros tipos de ficción. Editorial Publigrafics, S.A. México, 1987); pero más importante que todo, debe saber que, en mi opinión, para ser escritor o artista, o en su defecto poeta, hay algo que no se enseña en un taller de literatura, y eso es la ética, la dignidad, la sensibilidad social, el compromiso con el arte y el oficio, con lo humano, con la honestidad. Honestidad ante todo. No puede haber un escritor de talento sin esto. Hay que quedarse en casa y ponerse a escribir y a corregir más en vez de andar en presentaciones de libros y talleres para recoger las migajas que deja Tony Soprano. La literatura mexicana será mejor, y más democrática, en la medida en que dejemos atrás estos vicios. Selah.

Rosa sobre rosa

hqdefault

«La Pantera Rosa no imita nada, no reproduce nada, pinta el mundo de su color, rosa sobre rosa, ese es su devenir-mundo, para convertirse ella misma en imperceptible, asignificante, labrar su ruptura, su propia línea de fuga, llevar hasta el final su evolución aparalela

»¡Haced rizoma y no raíz, no plantéis nunca! ¡No sembréis, horadad! ¡No seáis ni uno ni múltiple, sed multiplicidades! ¡Haced la línea, no el punto! La velocidad transforma el punto en línea. ¡Sed rápidos, incluso sin moveros! Línea de suerte, línea de cadera, línea de fuga. ¡No suscitéis un General en vosotros! Nada de ideas justas, justo una idea (Godard). Tened ideas cortas. Haced mapas, y no fotos ni dibujos. Sed la Pantera Rosa, y que vuestros amores sean como los de la avispa y la orquídea, el gato y el babuino…»

Gilles Deleuze y Félix Guattari, Rizoma

Epígrafes

“Pero si realmente quieren saber por qué sucedió algo, si las explicaciones son lo que les importa, usualmente es posible proporcionar una. De ser necesario, hasta puede inventarse”.
William Maxwell, The Chateau

“Mi memoria es muy confiable para esas cosas puntuales que elige recordar”.
Rick Moody, The Omega Force

“El secreto para la supervivencia es una imaginación defectuosa”.
John Banville, The Infinites

“La imaginación es una forma de la memoria”.
Vladimir Nabokov, Strong Opinions

En La parte inventada, de Rodrigo Fresán

La vida es un combate – Henry James

«De hecho, la vida es un combate. El mal es insolente y fuerte; la belleza encantadora pero escasa; la bondad tiende a ser débil; la temeridad, a ser desafiante; la perfidia, a salirse con la suya; los imbéciles, a estar en los puestos de responsabilidad y las personas sensatas en los últimos escalones; y así la humanidad tiende, en general, a la desdicha. Pero el mundo tal y como se alza no es un fantasma, ni una pesadilla de una noche. Despertamos en él una y otra vez, no podemos olvidarlo, negarlo, ni abandonarlo.»

¿Por qué los académicos apestan al escribir? (2) – Steven Pinker

Metadiscurso

La discusión anteriormente abordada introdujo el problema del academicense, resumió las principales teorías, y sugirió un nuevo análisis basado en una teoría de Turner y Thomas. El resto del presente artículo se organiza como sigue: la primera sección consiste en una revisión de las principales deficiencias de la prosa académica

¿Te estas divirtiendo? Yo no lo creo. Ese párrafo tedioso se llenó de metadiscurso, verborrea sobre verborrea. Los escritores irreflexivos piensan que están haciendo a los lectores un favor al guiarlos a través del texto con vistas previas, resúmenes y señales. En realidad, el metadiscurso está ahí para ayudar al escritor, no a la lectora, ya que ella tiene que esforzarse más en la comprensión de las señales que lo que ahorra en ver lo que él señala, como direcciones para un acceso directo que toman más tiempo para descifrarlas que el tiempo en ir al acceso directo.

El arte de la prosa clásica consiste en utilizar señales con moderación, como lo hacemos en la conversación, y con un mínimo de metadiscurso. En lugar de la autorreferencial “Este capítulo trata sobre los factores que causan los nombres sobre el ascenso y decenso en la popularidad”, se puede plantear una pregunta: “¿Qué hace que un nombre provoque el aumento o la caída de la popularidad?” O uno puede tomar la metáfora guía detrás del estilo clásico. En lugar de “El párrafo anterior demostró que los padres dan a veces el nombre de un niño a una niña, pero nunca al revés”, uno puede escribir: “Como hemos visto, los padres dan a veces el nombre de un niño a una niña, pero nunca al revés”. Y como una conversación abarca un escritor y una lectora que están participando en el espectáculo juntos, un escritor clásico puede referirse a ellos con el buen viejo pronombre nosotros. En lugar de “en la sección anterior se analizó el origen de la palabra suena. En esta sección se plantea la cuestión del significado de las palabras,” él puede escribir: “Ahora que hemos explorado el origen de la palabra suena, llegamos al rompecabezas de los significados de las palabras”.

Narcisismo profesional. Los académicos viven en dos universos: el mundo de lo que estudian (la poesía de Elizabeth Bishop, el desarrollo del lenguaje en los niños, la Rebelión Taiping en China) y el mundo de su profesión (conseguir los artículos publicados, ir a conferencias, mantenerse al día con las tendencias y chismes). La mayor parte de las horas de vigilia de un investigador se gastan en el segundo mundo, y es fácil para él para confundirlos. El resultado es la apertura típica de un trabajo académico:

En los últimos años, un número creciente de psicólogos y lingüistas han centrado su atención en el problema de la adquisición del lenguaje infantil. En este artículo, se revisará la investigación reciente sobre este proceso.

No te ofendas, pero pocas personas están interesadas en leer cómo los profesores pasan su tiempo. El estilo clásico ignora el personal contratado y mira directamente a lo que se les paga para estudiar:

Todos los niños adquieren la capacidad de hablar un lenguaje sin lecciones explícitas. ¿Cómo lograr esta hazaña?

Por supuesto, a veces el tema de conversación de verdad es la actividad de los investigadores, con la intención de dar una mirada para introducir a los estudiantes de posgrado o de otros conocedores de la literatura académica. Pero los investigadores tienden a perder de vista para quién están escribiendo y narcisistamente describen las obsesiones de su federación en lugar de lo que el público quiere saber.

Disculparse. Los escritores autoconscientes también suelen quejarse sobre cómo lo que están a punto de hacer es tan terriblemente difícil y complicado y controvertido:

El problema de la adquisición del lenguaje es extremadamente complejo. Es difícil dar definiciones precisas del concepto de lenguaje y el concepto de adquisición y el concepto de niños. Hay mucha incertidumbre acerca de la interpretación de los datos experimentales y una gran controversia en torno a las teorías. Se requiere realizar más investigación.

En el estilo clásico, el escritor atribuye a la lectora la inteligencia suficiente para darse cuenta de que muchos de los conceptos no son fáciles de definir, y que muchas controversias no son fáciles de resolver. Ella está allí para ver lo que el escritor va a hacer al respecto.

 

Aislamiento

“El arte es también vida. La soledad es vida, la meditación es vida, el fingimiento es vida, la suposición es vida, la contemplación es vida, el lenguaje es vida. ¿Hay menos vida en dar vueltas a las frases que en fabricar automóviles? ¿Hay menos vida en leer Al faro que en ordeñar una vaca o lanzar una granada de mano? El aislamiento de una vocación literaria, el aislamiento que supone mucho más que sentarse a solas en una habitación durante la mayor parte de tu existencia consciente, tiene tanto que ver con la vida como con la acumulación de sensaciones, o de empresas multinacionales ahí fuera, en el enorme tumulto. Me parece que en gran medida gracias al arte tengo una posibilidad de ir por lo menos al meollo de mi propia vida”.

Philip Roth