Escribir – María Zambrano

«Hay en el escribir siempre un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja. Y esto, independientemente de que el escritor se preocupe de las palabras y con plena conciencia las elija y coloque en un orden racional, esto es, sabido. Lejos de ello, basta con ser escritor, con escribir por esta íntima necesidad de librarse de las palabras, de vencer en su totalidad la derrota sufrida, para que esta retención de las palabras se verifique. Esta voluntad de retención se encuentra ya al principio, en la raíz del acto mismo de escribir y permanentemente le acompaña. Las palabras van así cayendo, precisas, en un proceso de reconciliación del hombre que las suelta reteniéndolas, de quien las dice en comedida generosidad.

»Escribir viene a ser lo contrario de hablar; se habla por necesidad momentánea inmediata y al hablar nos hacemos prisioneros de lo que hemos pronunciado, mientras que en el escribir se halla liberación y perdurabilidad -sólo se encuentra liberación cuando arribamos a algo permanente-. Salvar a las palabras de su momentaneidad, de su ser transitorio, y conducirlas en nuestra reconciliación hacia lo perdurable es el oficio del que escribe…»

 

Rosa sobre rosa

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«La Pantera Rosa no imita nada, no reproduce nada, pinta el mundo de su color, rosa sobre rosa, ese es su devenir-mundo, para convertirse ella misma en imperceptible, asignificante, labrar su ruptura, su propia línea de fuga, llevar hasta el final su evolución aparalela

»¡Haced rizoma y no raíz, no plantéis nunca! ¡No sembréis, horadad! ¡No seáis ni uno ni múltiple, sed multiplicidades! ¡Haced la línea, no el punto! La velocidad transforma el punto en línea. ¡Sed rápidos, incluso sin moveros! Línea de suerte, línea de cadera, línea de fuga. ¡No suscitéis un General en vosotros! Nada de ideas justas, justo una idea (Godard). Tened ideas cortas. Haced mapas, y no fotos ni dibujos. Sed la Pantera Rosa, y que vuestros amores sean como los de la avispa y la orquídea, el gato y el babuino…»

Gilles Deleuze y Félix Guattari, Rizoma

Aislamiento

“El arte es también vida. La soledad es vida, la meditación es vida, el fingimiento es vida, la suposición es vida, la contemplación es vida, el lenguaje es vida. ¿Hay menos vida en dar vueltas a las frases que en fabricar automóviles? ¿Hay menos vida en leer Al faro que en ordeñar una vaca o lanzar una granada de mano? El aislamiento de una vocación literaria, el aislamiento que supone mucho más que sentarse a solas en una habitación durante la mayor parte de tu existencia consciente, tiene tanto que ver con la vida como con la acumulación de sensaciones, o de empresas multinacionales ahí fuera, en el enorme tumulto. Me parece que en gran medida gracias al arte tengo una posibilidad de ir por lo menos al meollo de mi propia vida”.

Philip Roth

Día del Libro, la Lectura y el Derecho de Autor (1)

“Me fascina escribir sobre el misterio de que exista el misterio de la existencia del mundo, porque adoro la aventura que hay en todo texto que uno pone en marcha, porque adoro el abismo, el misterio mismo, y adoro, además, esa línea de sombra que, al cruzarla, va a parar al territorio de lo desconocido, un espacio en el que de pronto todo nos resulta muy extraño , sobre todo cuando vemos que, como si estuviéramos en el estadio infantil del lenguaje, nos toca volver a aprenderlo todo, aunque con la diferencia de que, de niños, todos nos parecía que podíamos estudiarlo y entenderlo, mientras que en la edad de la línea de la sombra vemos que el bosque de nuestras dudas no se aclarará nunca…”

Leo tres libros a la vez, o alternados, o mezclados. Poesía, ensayo y narrativa. Uno de los escritores que leo, el que escribe acerca de un narrador que cuenta y divaga sobre lo que hace un protagonista, toma la cita anterior y les asigna unas iniciales; habla de Martin Eden de Jack London, de Drácula de Bram Stoker. Subrayo algunas frases: “Perfeccionar la mentira y el modo en que se toma algo de la realidad para invertirlo en la ficción”.

Otro libro me trajo a este libro. Así pasa desde hace varios ciclos: me dejo llevar y comparto lecturas con los autores que me han convencido. Yo soy el laberinto de mis libros, que me pierden en algunas direcciones. Cada vez más me entiendo menos. Cada vez escribo menos, creo que tengo cataratas en las manos, donde antes había ríos; miopía selectiva: ya no me puedo ver en el espejo.

Hololaberíntico caleidopelgangeroso.

No quiero dejar de leer, no puedo dejar de escribir. Tantas historias, tantas imágenes. Quiero, como Dante, contar que he estado en el paraiso y en el infierno, usar las palabras como fotos o como espejos (las selfis no se me dan, y la primera persona no soy yo, ni siquiera cuando no junto letras). Escribo y todo lo demás es ficción.

 

Empezamos un pequeño maratón, de aquí a que concluya el día que enlaza tantos motivos.

Escribir – Sergio Pitol

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Sergio Pitol en la Feria del Libro de Xalapa. 2002. Foto: Alexandro Roque

“Escribía, como suele decirse, en una especie de fiebre, en un trance mediúmnico, pero con la diferencia abismal de que en ese ejercicio la voluntad ordenaba conscientemente el flujo del lenguaje. Asistía, pues, a la aparición de una forma, a la aplicación de una matemática del caos.

“Pienso en un escritor que no ha sucumbido a la fase vegetativa del oficio, escribe sin compromisos, no halaga ni a los poderosos ni a la masa, vive en estados de iluminación y pausas de abulia, es decir, momentos de búsqueda pasiva, de recepción de imágenes, o de frases que alguna vez, a lo mejor, podrían servirle de algo. En sus momentos enfáticos llega a decir que la literatura ha sido el hilo que conecta todas las etapas de su vida. Por eso no le resulta difícil admitir que no eligió su oficio, sino que ha sido la propia literatura la que lo incorporó a sus filas.

“El escritor sabe que su vida está en el lenguaje, que su felicidad o su desdicha dependen de él. He sido un amante de la palabra, he sido su siervo, un explorador sobre su cuerpo, un topo que cava en su subsuelo; soy también su inquisidor, su abogado, su verdugo. Soy el ángel de la guarda y la aviesa serpiente, la manzana, el árbol y el demonio. Babel: todo se vuelve confusión porque en literatura casi no hay término que para distintas personas signifique la misma cosa, y ahora me tiene harto seguir rumiando ese inútil dilema al que a veces doy tanta importancia sobre si un joven se transforma en escritor porque la Diosa Literatura así lo ha dispuesto o, por el contrario, lo hace por razones más normales: su entorno,, la niñez, la escuela a la que acude, sus amigos y lecturas y, sobre todo, el instinto, que es fundamentalmente el que lo ha aproximado a su vocación. Por otra parte, fuera de la obra lo demás no importa.”

El mago de Viena, Era, 2014.

El mal de Montano

Es martes y es su cumpleaños. Recuerdo cuando lo conocí, en un café, hace ya varios años. Nos enfrascamos en ideas sobre dobles, sobre escrituras que abandonan a sus autores —hombres sin corazón—, la envidia del sueño o la obra que aparenta ser diario, novela, lo personal y no. Hoy lo releo.

Cuando expongo en clase las clasificaciones de la escritura (literaria, personal, persuasiva, utilitaria) y sus subclasificaciones, me gusta repetir que no son las únicas, y que hay textos en los que se anidan otros, donde la verosimilitud, la poética y la intertextualidad empollan bestias maravillosas gracias al entramado o al narrador, incluso al paratexto:

“Quizá la literatura sea eso: inventar otra vida que bien pudiera ser la nuestra, inventar
un doble. Ricardo Piglia dice que recordar con una memoria extraña es una variante
del doble, pero es también una metáfora perfecta de la experiencia literaria. Termino
de citar a Piglia y constato que vivo rodeado de citas de libros y autores. Soy un
enfermo de literatura. De seguir así, ésta podría acabar tragándome, como un pelele dentro de un remolino, hasta hacer que me pierda en una comarca sin límites. Me asfixia cada día más la literatura, a mis cincuenta años me angustia pensar que mi destino sea acabar convirtiéndome en un diccionario ambulante de citas”.

“Ay, está muy complicado, profe. No le entendí”, replican algunos ante ciertos textos por la no linealidad, por el final inesperado, por la metáfora mágica. Muchos lectores se quedan en la superficie, cuando el buen escritor se ha planteado un iceberg, y leen solo la trama, o asignan sus problemas a los textos, o confunden al autor con el narrador o con algún personaje. A veces para un autor, si es que existe esa clasificación, es un halago esta confusión, y la utilizan, como Enrique o Ricardo, o como Alexander Search o Charles Kinbote. Pero los personajes no tienen la culpa:

“Quienes habitamos en esta página y en otras similares, personajes afiliados a la Iglesia Bibliópata de las las Últimas Páginas, creemos en nuestra realidad y nos deslindamos de cualquier intromisión biográfica del que escribe, pues es una persona normal, acaso imitador de lo ya hecho. Aquí nos toco vivir y hacemos lo que podemos Si nos creen imaginarios, allá ustedes. (Siguen firmas.)”

Creerse el protagonista y demasiada prisa por escuchar (leer) el final, por historias de vampiros, viajes espaciales y romance, dijo Miguel de Cervantes. La facilidad del copia y pega no contribuye a la discusión civilizada con un autor, al enamoramiento del texto.

Lo metalingüístico no está de moda, pero Enrique sabe que la normalidad no es para todos, sabe del placer de escribir y de sus riesgos (la literatosis onettiana), que somos manuscritos y cuando bien nos va podemos recordar ciertos detalles, ciertas palabras, y las transformamos o nos transforman. Y que es agradecible para quienes tenemos el mal de Montano leer nuestra sintomatología en ese vademécum.

“Profesores, ¡los necesitamos!”

Fragmentos de “Professors, We Need You!”, de Nicholas Kristof

“Algunos de los más ilustres pensadores sobre problemas locales y mundiales son profesores universitarios, pero a la mayoría de ellos simplemente no les importan los grandes debates de la actualidad. La mayoría se exculpan de dar un punto de vista: “Eso es académico”. En otras palabras, ser un erudito es, a menudo, ser irrelevante…

“Todas las disciplinas se han vuelto más y más especializadas y cada vez más cuantitativas, por lo que son cada vez menos accesibles para el público en general”, señala Anne-Marie Slaughter, ex decano de la escuela Woodrow Wilson de Princeton y hoy presidente de la New America Foundation.

“El reto básico es que los programas de doctorado han fomentado una cultura que glorifica una oscura ininteligibilidad y un desdén a la audiencia. Esta cultura de la exclusividad es luego transmitida a la siguiente generación a través del proceso de publica-o-perece. Los rebeldes son, demasiado a menudo, aplastados o expulsados​​.

“Muchos académicos desdeñan el difundir públicamente el conocimiento como una distracción frívola ante la investigación real”, dijo Will McCants, un especialista en Oriente Medio en el Instituto Brookings. “Esta actitud afecta las decisiones de permanencia. Si la condición sine qua non para el éxito académico es participar en publicaciones revisadas por pares, a continuación, estos académicos que pierden el tiempo escribiendo para las masas serán penalizados”.

“Un problema relacionado es que los académicos buscan su permanencia encriptando sus ideas en una prosa elevada. Como una doble protección contra el consumo público, entonces este galimatías es a veces escondido en diversas publicaciones o publicado por editoriales universitarias cuya reputación soporífera mantiene a los lectores a distancia.

Jill Lepore, historiador de Harvard, que escribe para The New Yorker y es una excepción a todo lo anterior, destacó el resultado: “una gran, colmada, montaña de conocimiento exquisito, rodeada de un gran foso de prosa horrible”.

Escribo esto en el dolor, porque consideraba una carrera académica y admiro profundamente la sabiduría que se encuentra en los campus universitarios. Entonces, profesores, no se encierren en el claustro como monjes medievales, ¡los necesitamos!”

Literatura y sentido común – Vladimir Nabokov

nabokov“Las páginas todavía están en blanco, pero hay una sensación milagrosa de que todas las palabras están ahí, escritas con tinta invisible y clamando por hacerse visibles. Si quisierais podríais desarrollar cualquier parte del cuadro, pues la idea de secuencia no existe en realidad por lo que se refiere al autor. La secuencia surge sólo porque las palabras han de escribirse una tras otra en páginas sucesivas, del mismo modo que el lector debe tener tiempo para recorrer el libro, al menos la primera vez que lo lee. Tiempo y secuencia no pueden existir en la mente del autor porque ningún elemento temporal ni espacial habían gobernado la visión inicial. Si la mente estuviese construida con líneas opcionales y si un libro pudiera leerse de la misma manera que la mirada abarca un cuadro, es decir, sin preocuparse de ir laboriosamente de izquierda a derecha y sin el absurdo de los principios y los finales, ésta sería una forma ideal de apreciar una novela, porque así es como el autor lo ha visto en el momento de su concepción.
“De modo que ahora está preparado para escribirla. Se encuentra completamente equipado. Tiene la estilográfica llena, la casa está tranquila, el tabaco y las cerillas a un lado, la noche es joven… y nosotros le dejamos en su grata ocupación, salimos furtivamente, cerramos la puerta, y al marcharnos, echamos de la casa al monstruo ceñudo del sentido común que subía pesadamente a gimotear que el libro no es para el público en general, que el libro nunca nunca se… Y entonces, antes de que ese falso sentido común profiera la palabra v, e, n, d, e, r, á, tendremos que pegarle un tiro.

Ultracorrección morfeográfica

Leo a Gérard de Nerval: “El sueño es una segunda vida. No he podido penetrar sin estremecerme en esas puertas de marfil o de cuerno que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes de sueño son la imagen de la muerte; un entorpecimiento nebuloso se apodera de nuestro pensamiento y no podemos determinar el instante preciso en que el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia. Es un subterráneo vago que se ilumina poco a poco, donde se desprenden de la sombra y la noche las pálidas figuras gravemente inmóviles que habitan la mansión de los limbos. Luego, el cuadro se forma, una claridad nueva ilumina y pone en juego esas apariciones extravagantes; el mundo de los espíritus se abre para nosotros”.

¿Es tan difícil entender que hay quien no puede evitar sustituir “el sueño” por “la escritura”? Igual escalofrío, igual inquietud, idéntico reflejo. Somos otro, pesadilla o sueño lúcido. Descendemos a nuestros infiernos y somos otra, queremos ser otra: Aurelia o Beatriz, alguien. Es otro estado de conciencia, del que no queremos que nos despierten. Y hay que prepararse, leer, dedicarle tiempo. ¿Cuánto de nosotros ocupa la lectura, cuando bien apropiada? Se escribe como se sueña, se hace significar a los cuerpos, al mundo, más allá de la realidad. Los sentidos no bastan para amar. Por algo el orgasmo es como un sueño, también.

Prosigue Nerval: “El sueño ocupa la tercera parte de nuestra vida. Es el consuelo de las penas del día o la pena de sus placeres; pero jamás he sentido que el sueño fuera un reposo. Tras un entorpecimiento de unos minutos, una nueva vida empieza, libertada de las condiciones de tiempo y espacio, y semejante sin duda a la que nos espera después de la muerte. ¿Quién sabe si no existe un lazo entre estas dos existencias y si no será posible al alma anudarlo desde hoy?”

Sí, el cambio le vendría bien a Aurelia, de Nerval.

Nos leemos. Nos soñamos.

(acá un artículo sobre la literatura alucinada de Gérard de Nerval)

Madrugada

madrugada

“Siempre asustaré; pero más que a nadie a mí mismo,” escribió K.
Todo al mismo tiempo, sin tregua ni estrategia.
La sensación, despierto o dormido, de que el tiempo se va.
Rápido, cada vez más rápido.
Es lo único que sé hacer y a veces siento que me estorba tanto.

Ecuaciones dislocadas, lagunas mentales, pantano de sueños,
dédalos, estigias: patrones de algo que se intuye que significa.

¿Pero qué?

Sólo sé que yo te caos.