Al pie de la imagen de Santa Cecilia – Juan de Dios Peza

Al pie de la imagen de Santa Cecilia,
un triste bohemio comenzó a tocar,
diciendo en voz baja:
No tengo familia, ni patria, ni rumbo, ni hogar.
Vengo en busca tuya, lloroso y hambriento,
para que te apiades de mi situación.
Con que tú lo ordenes en tu pensamiento,
se abrirán las puertas de cualquier mesón.
La música aquella seduce y encanta.
De pronto, un objeto cayó al violín,
y era que la imagen moviendo su planta,
al mísero artista le dio un escarpín.
Llorando de gozo se alejó en seguida.
Uno, al ver la joya, le llamó ladrón,
y lo condenaron a que con la vida
pagara su infame y sacrílega acción.
Por más que gritaba que él era inocente,
no pudo, no pudo convencer al juez.
Ante su protesta aullaba la gente:
Si se te calumnia prueba tu honradez.
Cuando de su llanto vio la ineficacia
y se preparaba, su vida a inmolar,
pidió le dejasen como última gracia,
al pie de la imagen volver a tocar.
Tocó como nunca, con la frente erguida,
mirando a la santa con mística unción,
diciendo en voz baja: defiende mi vida,
probando a tus fieles que no soy ladrón.
Cayó de rodillas la turba siniestra
cuando el sentenciado besó su violín,
y era que la imagen dejaba en su diestra,
con sus propias manos,
el otro escarpín.

Sabina en San Luis

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Nos sobran los motivos, el concierto lo demostró. 25 de octubre, 9 p.m. Viernes, para más señas. El Domo de San Luis Potosí fue uno de los escenarios que cumplieron la expectativa de Joaquín Sabina en su gira por México: pisar lugares donde no hubiera estado, buscar otros públicos. Y lo taurino del lugar le encantó. Hubiera podido dar la vuelta al ruedo.

“Huastecas y potosinos”, dedicó, y luego rimó “feliz” con “una dicha cantar en San Luis”. Más tarde cantaría que “a San Luis el azar, otra vez, el verano siguiente…”

Que se muera el olvido. Sabina despegó su carrera en la década de 1980, al menos para una generación en México que lo conoció con otros exponentes de lo que se dio en llamar “rock en tu idioma”. Llueve sobre mojado, nos recordó. “Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción”. Sus duetos con Miguel Ríos, Charly García o Fito Paez, los más recientes con Joan Manuel Serrat o Andrés Calamaro, plantan en el lienzo rockero a este andaluz que se hizo famoso por su dueto con Rocío Durcal. (Bueno, Caifanes despegó con La negra Tomasa… triste me pongo, ay.)

Niños y viejos con bombín y gabardina, parejas, padres e hijos, acaso nietos. Por acá, un joven todo el concierto lo transmite en directo a alguien al otro lado de su celular. Yo sin saldo. A aquellos iniciales fans les han seguido otras generaciones, acaso más decantadas hacia lo romántico o hacia lo mercenario (tan parecidos), hacia ese desencanto y esa incompatibilidad de caracteres, que se identifican con los lugares y las rutas que por las noches ha recorrido el escritor y músico español: el boulevard de los sueños rotos, la posada del fracaso, el río de los desesperados, desolation row, y las calles de los besos sin amor y la de la melancolía. Siempre nos quedan nuevos viajes, las mentiras piadosas y los amaneceres.

Y todos —al menos los que pudieron pagar el boleto de entrada—, esos “niños con cara de viejo”, chicas Almodóvar, hombres que cada noche tienen un nombre distinto, peces de ciudad cuasinorteña, se dieron cita con ese que una semana antes tuvo que suspender un concierto en Tijuana pero que otra vez pudo con su estilo “levantarle la falda a la luna”. Tras algunas canciones los asistentes seguían llegando (confiados en la clásica impuntualidad potosina), los gritos de las fans eran cada vez más agudos y (sustitutos funcionales de los encendedores de antaño) los celulares, tablets y cámaras seguían en alto. “Caricias casi de verdad” para cubrir “ausencias de un cuerpo en un colchón”.

Música de mariachi, balada, tango, flamenco. Rock. La hora de cantar y de extrañar. Hay quien baila, hay quien ve todo el concierto a través de su dispositivo, hay quien simplemente mueve los pies al ritmo de ese escritor escénico, este histrión al que le da por los sonetos.

El hombre del traje verde y bombín brincó y bailó, con pequeñas pausas en las que sus músicos interpretaron varios de sus temas. Corre, dijo la tortuga, y los asistentes la coreaban, cuando el español le gritaba al que estaba del otro lado del espejo. Pocos escritores son tan reconocidos y sus palabras tan coreadas, tan apropiadas por tantos: “Hola y adios”. (Ah, es como rock, no?, me dijo el taxista camino al concierto.) Olvido y noche, luna y amor, lugares tan comunes como inalcanzables para la mayoría. Por eso “cantar es disparar contra el olvido”.

Dos encores. Mas, lugar común en muchos comentarios sobre el concierto, nos dieron las diez y las once… Fueron más de 120 minutos de concierto, sí, aunque pareció que “duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks”. Más de veinte canciones, aunque siempre faltan. Nunca es suficiente para el que recibe esas letras que hablan bien de física y química. Amor para siempre o de unas horas, fantasmas nocturnos de esos de “hasta mañana, amor”, cuando se abraza la almohada. Así, ¿quién quiere “Pastillas para no soñar” fuera de esa canción final? Canción de circo, himno de tantos. Que no proteste el corazón, que todas las noches sean noches de bodas, que el azar lo traiga de nuevo.

Y sin embargo

oír a un pintor…

o leer a una bailarina.
Musicalizar una mirada, una risa,
tus silencios que me acompañan en mis insomnios:
detener el tiempo o acelerarlo. Imaginar.

No sólo imaginar, llevarlo a la práctica. No basta la idea cuando se puede crear o, peor, cuando se tiene la necesidad de crear. Es una inquietud, un vicio, una necesidad de completarnos, de dudar de todo y saber que todo es. Una vibración que nos recorre el espinazo. Todo, menos impasibilidad. Todo, menos naturalezas muertas.

Las imágenes de arriba son parte de la obra de José Fors, pintor cubano, que conocí por su música (yo era periodista cultural y su grupo vino a mi tierra allá por el año de gracia de 1993). Se ha dicho que su marca es el dramatismo, su mutación para sobrevivir. Cuentan que después del apocalípsis sólo quedarán algunas obras de arte y las cucarachas, y el drama. Portadas de sus discos, máscaras, obra en exposición, escenografía, vestuarios… letras en papel y en lienzo. Gritos y movimiento. Fors es un creador y no se limita, y eso es agradecible e imitable. Total, como dice en una de sus canciones, ¿qué chingaos…?

Veo pinturas y fotografías, imágenes de alguien que agradezco que exista. Un personaje puede dar cauce a una historia así sea por un solo pasaje. Basta un momento o una mirada.

Cuando vino Ángeles del Infierno a San Luis Potosí le di mis boletos a alguien que ni gracias dijo (ni de eso ni de los libros ni de nada). En fin. Este fin de semana toca ir a ver, oír a Cuca, al Gran Silencio, a Nortec… a crear energía y a imaginar letras entre colores, movimiento con otra actitud, con la alegría de compartir, ¿si no, para qué vivir?

¡Y vivan la pintura y la danza y el rock, cabrones!