Aislamiento

“El arte es también vida. La soledad es vida, la meditación es vida, el fingimiento es vida, la suposición es vida, la contemplación es vida, el lenguaje es vida. ¿Hay menos vida en dar vueltas a las frases que en fabricar automóviles? ¿Hay menos vida en leer Al faro que en ordeñar una vaca o lanzar una granada de mano? El aislamiento de una vocación literaria, el aislamiento que supone mucho más que sentarse a solas en una habitación durante la mayor parte de tu existencia consciente, tiene tanto que ver con la vida como con la acumulación de sensaciones, o de empresas multinacionales ahí fuera, en el enorme tumulto. Me parece que en gran medida gracias al arte tengo una posibilidad de ir por lo menos al meollo de mi propia vida”.

Philip Roth

Geografía

Leo (y corrijo) un (buen) trabajo recepcional de un alumno de la licenciatura en geografía de la UASLP. “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson”, escribió Borges. Y los acompaño en esta noche (al alumno y a Borges, a cartógrafos y cartomancianos: los que escriben y los que leen) con un vaso de jerez y un poema de Josefa Parra:

Te buscaré en los mapas,

lentamente palpando las líneas divisorias,

sorteando montañas y estaciones,

descifrando el azul del mar y de los ríos

lentamente acechando

un nombre que te diga y me alimente,

un resquicio de luz hecha palabra,

ciudad, pueblo, accidente, tal vez tierra.

Volviendo del revés la geografía,

te buscaré, por entre los dibujos

y los signos pintados, lentamente,

sin tregua, sin remedio,

lentamente en los atlas,

sin fe, sin esperanza.

He querido marcharme, lo confieso… – Jorge Debravo

He querido marcharme. Lo confieso.

Dejar esta tristeza sin quejidos
y buscar un dolor sin retroceso
que me peine el cabello con gemidos.

He querido arrancarme este gran peso
de tener los dos brazos encogidos
y no saber si voy o si regreso,
porque tengo los ojos entumidos.

Sin embargo, lo digo, me da miedo.
Hay llantos que me apuntan con el dedo
desde todos los sitios de tristeza.

Por eso aquí me tienes, recostado,
con el dolor pequeño y arrugado
mordiéndole la punta a la pereza.

amanéceme

Amanéceme y vete, no me despiertes, Edén (¿así te llamas?, ¿de verdad?), de cualquier modo no podrías sacarme de ahí donde me mandaste. No me pagues, me vendo siempre pero te me regalé a sabiendas del precio a pagar. Déjame algo de dinero para el viaje: ajusto con dos monedas. No, no las dejes sobre el buró: ponlas en mis párpados, no quiero cruzar la laguna de mojado… ya bastantes sueños húmedos me has dejado.