Epígrafes

“Pero si realmente quieren saber por qué sucedió algo, si las explicaciones son lo que les importa, usualmente es posible proporcionar una. De ser necesario, hasta puede inventarse”.
William Maxwell, The Chateau

“Mi memoria es muy confiable para esas cosas puntuales que elige recordar”.
Rick Moody, The Omega Force

“El secreto para la supervivencia es una imaginación defectuosa”.
John Banville, The Infinites

“La imaginación es una forma de la memoria”.
Vladimir Nabokov, Strong Opinions

En La parte inventada, de Rodrigo Fresán

¡Inventa la realidad!

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—¡Anímate un poco! —exclamaba mi tía—. ¡Mira los arlequines!

—¿Qué arlequines? ¿Dónde están?

—Oh, en todas partes. A tu alrededor. Los árboles son arlequines. Las palabras son arlequines, como las situaciones y las sumas. Junta dos cosas (bromas, imágenes) y tendrás un triple arlequín. ¡Vamos! ¡Juega! ¡Inventa el mundo! ¡Inventa la realidad!

(Vladimir Nabokov)

Un semestre más

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Un nuevo grupo en primer semestre. Es la séptima generación ya (hace unos días egresó la tercera) con la que ha sido un gusto compartir lecturas, comparaciones, teorías, “realidad” e imaginación, en esta posibilidad de aproximarnos a las letras desde la academia. Es muy poco el tiempo para las tantas lecturas y los demasiados libros (depende de cada quien aprovechar las vías a veces apenas insinuadas) pero siempre se aprende de alumnos y colegas. A veces me piden que diga cómo es tal o cual grupo, y nunca puedo hacerlo, porque el diálogo cambia a cada momento, porque cada personalidad es una perspectiva (que cambia cada día), porque es la diversidad es lo que nos hace crecer, porque hay alumnos que escriben mejor que algunos maestros, porque cada día pueden surgir nuevos mundos. Y por eso siempre a fin de semestre recuerdo las palabras de Nabokov: “El trabajo con este grupo ha supuesto una asociación especialmente agradable entre la fuente de mi voz y un jardín de oídos: unos abiertos, otros cerrados, muchos de ellos muy receptivos, unos pocos meramente ornamentales, pero todos humanos y divinos”.

Literatura y sentido común – Vladimir Nabokov

nabokov“Las páginas todavía están en blanco, pero hay una sensación milagrosa de que todas las palabras están ahí, escritas con tinta invisible y clamando por hacerse visibles. Si quisierais podríais desarrollar cualquier parte del cuadro, pues la idea de secuencia no existe en realidad por lo que se refiere al autor. La secuencia surge sólo porque las palabras han de escribirse una tras otra en páginas sucesivas, del mismo modo que el lector debe tener tiempo para recorrer el libro, al menos la primera vez que lo lee. Tiempo y secuencia no pueden existir en la mente del autor porque ningún elemento temporal ni espacial habían gobernado la visión inicial. Si la mente estuviese construida con líneas opcionales y si un libro pudiera leerse de la misma manera que la mirada abarca un cuadro, es decir, sin preocuparse de ir laboriosamente de izquierda a derecha y sin el absurdo de los principios y los finales, ésta sería una forma ideal de apreciar una novela, porque así es como el autor lo ha visto en el momento de su concepción.
“De modo que ahora está preparado para escribirla. Se encuentra completamente equipado. Tiene la estilográfica llena, la casa está tranquila, el tabaco y las cerillas a un lado, la noche es joven… y nosotros le dejamos en su grata ocupación, salimos furtivamente, cerramos la puerta, y al marcharnos, echamos de la casa al monstruo ceñudo del sentido común que subía pesadamente a gimotear que el libro no es para el público en general, que el libro nunca nunca se… Y entonces, antes de que ese falso sentido común profiera la palabra v, e, n, d, e, r, á, tendremos que pegarle un tiro.

A propósito de la inspiración – Vladimir Nabokov

Se pueden distinguir varios tipos de inspiración, que integrados, como lo hacen todas las cosas en este fluido e interesante mundo nuestro, ceden graciosamente a una propuesta de clasificación. Un resplandor preliminar, no muy diferente a una benigna variedad del aura antes de un ataque epiléptico, es algo que el artista aprende a percibir desde una edad muy temprana. Este sentimiento de cosquilleante bienestar a través de él forma ramas, como el rojo y el azul en la piel de un hombre con problemas de circulación, y a medida que se propaga destierra toda conciencia de malestar físico, como el dolor de muelas de los jóvenes y la neuralgia de la vejez. La belleza de esto es que, si bien completamente inteligible (como si estuviera conectado con una glándula conocida o fuera conducido a un clímax esperado), no tiene ni fuente ni objeto. Se amplía, se ilumina y disminuye sin revelar su secreto. En el ínterin, sin embargo, una ventana se ha abierto, el viento de la aurora ha soplado, cada nervio expuesto ha hormigueado. Luego todo se disuelve: las preocupaciones familiares están de vuelta y la ceja reescribe su arco de dolor, pero el artista sabe que está listo.

Han pasado unos pocos días. La siguiente etapa de la inspiración es algo ardientemente anticipado —y ya no anónimo. La forma del nuevo impacto es de hecho tan definida que renuncio obligadamente a las metáforas y debo recurrir a términos específicos. El narrador presiente lo que va a decir. Ese presentimiento se puede definir como una visión instantánea que se convierte en un habla rápida. Si algún instrumento llegara a representar este raro y precioso fenómeno, la imagen se vería como un intenso brillo de detalles exactos, y la parte verbal como una caída de palabras fusionándose. El escritor experimentado inmediatamente se agachará a recogerlas y en el proceso transformará lo que es poco más que una mancha deslizándose, poco a poco, en un incipiente sentido, con descripciones y construcción de oraciones creciendo tan claras y ajustadas como podrían estar en la página impresa.

Eso es, por supuesto, cuando la inspiración entra en el  juego. Las palabras que en ocasiones, durante unos cincuenta años como prosista, he puesto juntas y luego he eliminado, pueden haber formado ya en el Reino del Rechazo (una nebulosa pero no improbable tierra al norte de ninguna parte) una enorme biblioteca de frases desechadas, caracterizadas y en concordancia sólo por su deseo de la buenaventura de la inspiración.

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Tomado de por acá: Nabokov on Inspiration and the Six Short Stories Everyone Should Read

Cosas transparentes – Vladimir Nabokov

cosas-transparentes-9788433978455-651x1024“El futuro no es más que una figura retórica […] ¡Hola, persona! ¿Qué ocurre? No tires de mí. No le estoy molestando, de veras. Oh, de acuerdo. Hola persona… (por última vez, en voz muy baja)…”

Cosas transparentes, de Vladimir Nabokov, se disfruta, seduce. Un editor que es una persona abrazable (Hugh Person), su padre, sus autores, sus sueños y pesadillas, su esposa y mucha nieve. Viajes, amor y locura, muerte y cárcel, realidad y fantasía. Con guiños intertextuales, voces narrativas divergentes, analepsis y prolepsis simultáneas, giros de tuerca (casualidades, causalidades), Nabokov se retrata y no, añade pasajes al laberinto ficcional que lo hizo famoso: Palido fuego, Risa en la oscuridad, Pnin, Lolita

“Pregúnteme lo que puedo hacer, no lo que hago, bella muchacha, hermosa estela del sol a través de un tejido negro semitransparente. Puedo aprender de memoria toda una página del listín telefónico en tres minutos, pero soy incapaz de recordar mi propio número de teléfono. Puedo componer trozos de poesía tan extraños y nuevos como usted, o como cualquier otra cosa que una persona pueda escribir de aquí a trescientos años, pero nunca he publicado un solo verso, excepto algunas tonterías juveniles en la universidad. […] Puedo levitar a dos centímetros de altura y mantenerme así durante diez segundos, pero no puedo trepar a un manzano. Poseo un título de doctor en filosofía, pero no hablo alemán. Me he enamorado de usted, pero no haré nada al respecto. En una palabra, soy un genio versátil.”

“Así, en aquel preciso y frágil instante, Julia y él (alias Alicia y el narrador) formaron un pacto del pasado, un pacto impalpable dirigido contra la realidad representada por la voluble esquina de la calle, con los automóviles que pasaban cortando el aire, los árboles y los transeúntes desconocidos…”

“Dígale —continuó mientras caminaba por un resbaladizo camino entre grúas y excavadoras bajo la luz dorada de la tarde madura—, dígale que ha envenenado mi organismo, ella y sus veinte hermanas, sus veinte imágenes en escala descendente, y que pereceré si no puedo tenerla…”

Lodo, de Guillermo Fadanelli

lodoLa de Benito Torrentera, profesor de filosofía, es una vida “tan anodina como una cáscara de plátano”. 49, la edad en que la vida cobra en una sola noche la deuda de “dignidad física”, en que a las mujeres se les tiene ya “miedo, en lugar de odio. Eso es”. Hasta que conoce a Flor Eduarda, una empleada de minisúper de 21 años, que lo hace su cómplice al hacerlo imaginar “espectaculares escenas de sadismo, pero también pedantísimos cuadros bucólicos”.

Cuatro meses después escribe la historia. “Hoy Eduarda ya no está conmigo”. Muchos puntos en común con Lolita, de Vladimir Nabokov. La escritura desde la cárcel, el narrador que busca en la escritura un acto de contrición, la mujer joven casi niña, una muerte y un viaje. En ambas novelas, un tono de justificación, asumido desde un inicio como culto y desengañado de todo: “Si mi escritura está impregnada de un tono pedante, si mi verborrea se vanagloria de ser reflexiva, no es culpa mía sino de mi trabajo”. La escritura como un desquite que intenta presentarse como un relato objetivo: “No haré uso de mi privilegio de escritor para ensañarme con Eduarda. Estor intentando ser honrado…”

Artemio y Copelia Bolaños acompañan a Benito y Eduarda —Abelardo y Eloísa mexicanos— en su huída. Entre música de Silvestre Revueltas, surgen Severino (un mudo), Esteban (hermano de Benito, político encumbrado) y otros interesados en alguna de las partes de la pareja. Surgen la historia de la filosofía, el lugar donde se impartió la primera cátedra filosófica de América, libros antiguos, comida, bebida, un auto y una herencia.

“Las discusiones no tienen sentido, ni en la filosofía ni en el supermercado”, escribe Benito Torrentera, pero justifica su obsesión mientras recuerda detalles y fechas precisas de su viaje por carretera. Una sola alusión directa a Lolita: “Este acoso podría recordar algunos pasajes de Lolita. No hay que ser ingenuos: lleven a pasear a la más bella de sus hijas en minifalda a un pueblo michoacano y nueve de cada diez veces sucederá algo parecido. Uno debe leer menos y vivir un poco más”.

Las calles de la ciudad de México y los caminos de Michoacán, con todo y sus peligros, se cruzan con el ensayo y las preocupaciones de Fadanelli, o las de Torrentera. La novela y el ensayo, lo bucólico y lo urbano, los recuerdos de alumnos y maestros, de ricos y jodidos. “Jamás se sabe dónde caerá el polen de la inteligencia. Las patas de la abeja pueden fecundar la cabeza más extravagante”.

Amor y dominio, conocimiento y poder, comprensión de la vida desde las aulas o de las aulas desde la vida, caras de la moneda que avienta Fadanelli. La apuesta está en la mesa.

Una carta de Vladimir Nabokov (fragmentos)

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Es de noche. Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los objetos: la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si una serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por las noches salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate brilla sobre alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida luz amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía, y, por alguna extraña razón, experimento una sensación tan melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos marrones iluminadas entre las cuales se abre camino, a contramarcha, un revisor solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, como si estuviera un poco borracho.

Mientras paseo por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido de una llave, para después girar, y detenerse luego, retenida por el contrapeso, para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro, y, en las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se rezagará durante un minuto maravilloso.

Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el café de mi barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (una indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda, entre las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla significaría admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni qué decir tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos: la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos eran negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de bóveda, de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del aliento de la moda, seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy naturales y bastante inocentes y, a veces -en las salas de baile de Londres-, absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo. En cuanto al deterioro de la moral… Esto es lo que leí en las memorias de D’Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se opone a que se baile en nuestras ciudades».

Y así me divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas «desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche, noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus corrientes de viento enfebrecido.

En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la ciudad, una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente, y el guarda, un veterano mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la anciana, y los jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo más misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de medialuna de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y aquellos lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente de que se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte. Probablemente, mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte este final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.

Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.