Jueves 29, Biblioteca Central del Estado

a. roque lectura (16)

La foto es de hace unos años, ¿cinco?, cuando el poeta Héctor Esquer, amigo y admirado colega, era director del Museo Othoniano, y leí, y me escucharon, creo. Era principios de año. De nueva cuenta me ha invitado a leer algo de mi obra, ahora en la Biblioteca Central del Estado, de la que hoy es director. La cita es este jueves 29 de mayo a las 18:00 horas, muy cerca de la alameda Juan Sarabia, en Manuel José Othón: entre Chicosein y 20 de Noviembre. Algunos cuentos y un fragmento de novela vendrán bien. Creo. Si van, ahí nos saludamos, y gracias. ¿Y Si no? Pues… bueno. Nadie tiene la culpa de que el otro escriba. Luego sucede que no hay más que los cinco que van a todas las presentaciones en SLP. Bienvenidos. Cuando no hay público igual viene bien leer, repasar con la voz los errores del texto, sentir el ritmo de letras, palabras, oraciones. Se escribe a solas, siempre a solas, se mastican los sentimientos y hay que rumiarlos a veces horas nalga, anclados. Se escribe por un paisaje, un momento íntimo, una anécdota o una nube. Se escribe, sí, para alguien, y pasa que a quien se le escribe no entiende o no le gusta. O hay quien se siente aludido. No pasa nada. Como dijo Roland Barthes: “saber que esas cosas que voy a escribir no me harán amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura”.

Tres cortitos

hojas1

Érase una vez un hombre deprimido que… estaba… eh… permanecía… que quería… bueno, no.
No era nada importante lo que iba a contarles…

 

2

Cuando leyeron un texto en el taller creí que me habían plagiado. All llegar a la casa revisé mi computadora: al texto que escribí le había inventado otro autor.

 

3

Pongo postits en las hojas en blanco que un día escribiré,
amor, escribiremos.

Latidos y pulsiones: los crímenes de Julio Ruelas

ruelas1

Matar es fácil. A veces basta un segundo de inconsciencia para quitar la vida a alguien. Matar y ocultar las evidencias, matar y actuar como si nada ya no es fácil. Hannibal, Dexter, bellas artes y goce de los sentidos. La muerte puede ser estética pero el acto no, y sin embargo nos dejamos llevar por el instinto, por la tinta que es o al menos parece roja.

CABEZA

Julio Ruelas murió a los 37 años, en 1907. En su obra gráfica, asociada mayormente a la revista Moderna, combina placer y dolor, muerte y pasión, como lo hacían los dioses griegos a quienes solía rendir homenaje. Faunos y muertes, gárgolas, fantasmas y ninfas, esfinges y personajes bíblicos; dioses encadenados y sueños monstruosos se entrelazan en la tinta negra que corre al lado de los textos de José Juan Tablada, Bernardo Couto, Luis G. Urbina, Efrén Rebolledo, Federico Gamboa, Alberto Leduc, Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo o el potosino Manuel José Othón.

¿Con qué alas volaba? ¿Las de Pegaso o unas unidas con cera? Si hacemos caso a sus imágenes eran de murciélago, afiladas, negras, y volaba muy bajo para captar en las noches las miradas de lascivia o de miedo.

ruelas01

Literatura es conciencia de la muerte, de la palidez de los momentos gozados. Y es que la realidad suele ser aburrida, monótona. El infierno es éste, dijo Italo Calvino. Hay quien no quiere dejarse ayudar, y crea otro infierno. Escribimos y allá arriba los zopilotes van enfocando sus sombras en los círculos que trazan sobre escritorios y bibliotecas. Y el zacatecano lo sabía.

En la obra de Ruelas hay hombres y mujeres apuñalados, ahorcados por ramas o serpientes o por la tradicional soga, atravesados por espinas o por anclas, devorados por perros o zopilotes. Hay en sus personajes miradas con temor, azoro o un toque de placer masoquista. Nunca están indiferentes, como quien ante sus tintas, grabados y óleos no se puede llamar espectador sino expectante.

img008

No morirán del todo (fragmento)

La condenada mira al cielo con los ojos cerrados. Aún sonríe. Muerte a la vista. Tamborilea uno contra otro sus índices y cordiales, al ritmo de la trompeta. Parece rezar, pero quienes la conocen o dicen conocerla saben que es lo último que haría. Otra reclamación del ave, vigía en el mástil de esa improvisada nave, hace caer en muchos sudor frío, mas el rostro de ella se queda impávido ante el graznar, acostumbrada a otras voces que no comprenden los extranjeros o que ni siquiera podrían pronunciar. Su corazón sigue latiendo sin pedir permiso, sin desbocarse.

Quisiera ser coyote, ave. Aunque sabe las palabras para provocarlo, y el orden de ellas, no puede hacer un hechizo para escapar, como la acusan, ni está borracha o ha comido peyote como habían dicho los que trataban de defenderla. No quiso comer en el poco tiempo que le dieron entre el juicio y la ejecución. Un día desde que la detuvieron a las afueras del templo. Apenas le dio un breve trago a una jícara de mezcal con hojasén que le pasó Guaxcamá cuando dictaron la sentencia y en ayunas la habían traído a la horca, paso a paso, para que todos oyeran el delito que conocían de sobra, para escarmiento de la indiada, para consolidar con este desfile el nuevo orden de estas tierras, con don Gabriel vestido con telas de la Península y su pertrecho militar reluciente, al frente, flanqueado por dos guardias de casco guerrero y la vieja de pie en una carreta descubierta, con una manta raída, amarillenta y grisacea, como único tapujo de sus cueros, custodiada por cuatro jinetes en cabalgaduras de diversos colores.

Al dios de los blancos, recuerda, lo mataron con un juicio igual de injusto, pero era su destino. Como el mío. Tal vez. Ese dios pidió perdonar a los que lo mataron, porque no sabían lo que hacían, pero para ella la ignorancia no es pretexto. Todo soportan, justifican los excesos mientras no les toquen sus casas y sus cosas. Le dan lástima, coraje, ternura casi. Bola de agachones, espero que algún día se les quite.

No le importan los gritos que para lucirse le lanza un fraile con su voz más ronca —fray Diego Granados, crucifijo en alto, quien se imagina a sí mismo haciendo historia, la Historia, como un ser que ha evitado la herejía en estas tierras, que proyecta rayos de luz, digno de ser ilustración de algún libro sobre fe—, instándole al arrepentimiento, ni las cuatrocientas voces de la multitud de indios que en sus lenguas nativas —hay tarascos, tlaxcaltecas, otomíes, pames, guachichiles— claman por partes iguales que la cuelguen o que la liberen, y que a los blancos les parece un clamor hereje, cantos venidos desde el quinto infierno, una rumorosa ola sin significado que por sus efectos intimidantes hay que parar de golpe, una enfermedad que se debe cortar de tajo para la propia sobrevivencia de la ciudad fundada apenas siete años atrás, en 1592.